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Soledad, tienes nombre de mujer (pero por poco tiempo)

Tuve una falta

No te quise decir nada. Tuve una falta y he estado esperando hasta saber si era verdad. No te lo creerás, pero me hacía ilusión. Hubiera sido un hijo tuyo y mío secreto. Pero ya veo que Dios no está de mi parte; se me va a pasar el arroz, ¡me cagüen la puta! (perdona). Me quedaré para vestir santos. No exageres, Sole, en el peor de los casos podrás vestirle a tu marido. ¡Muy gracioso! ¿Sabes que desde aquel día no lo he vuelto a hacer con él? No podría. Me va a doler la cabeza durante muuucho tiempo. Todavía, te siento dentro de mí, aunque a ti no te gustara…, y aunque me acuses de que te puse boca de payaso, esto no te lo perdono. ¡Soy muy limpia, me lavo todos los días! ¿Qué te crees? Los herpes salen por mil razones. Perdona. Ya te he dicho, que no te lo perdono. No seas rencorosa, Sole. Estoy dispuesto a demostrarte que yo no te guardo rencor. Señala día, hora y lugar, y te lo demostraré. ¡Ah, ja!

A mí me llegó el declive cuando entendí que, a pesar de sus continuas declaraciones y expresiones de amor, la munición que utilizábamos era de fogueo. Sólo podía seguir compartiendo con ella su encierro. Yo salía al teatro, a conciertos, a espectáculos de danza, a escuchar flamenco y tomar unas raciones de jamón y queso en Casa Patas con amigas mientras que ella no podía burlar su libertad vigilada ni una hora. Los recuerdos de las experiencias vividas juntos en la fábrica y en el furgón pronto languidecieron manoseadas. Me dedicaba vídeos musicales de qué sé yo dónde. ¿Existiría alguna lista de éxitos con esos temas? Sonaban a segunda fila, canciones y cantantes que trataban de entrar en el mercado abierto por alguno de los pintas listados en los 40 Principales, baladas de amor muy sentidas, pero nada nuevo bajo el sol, olor a húmedo y mal ventilado. Gracias de todo corazón, pero no sigas por ahí, porque mi repertorio de cumplidos forzados siempre ha sido básico. No trabajo la mentira.

El remate llegó una tarde en que su marido leyó una de nuestras conversaciones, todavía cariñosas, pero ya sin carnaza, y le soltó dos guantazos que dieron con ella en el suelo de la salita, y Soledad no era una mujer enclenque. Utilizaba dos ordenadores. El de su dormitorio tenía una clave de acceso exclusiva y desde él abría la línea caliente, pero me consta que tentó al diablo practicando el orgasmo a la espartana en el ordenador y en la salita que compartía con su marido mientras él veía partidos de fútbol tirado en el sofá. ¿No conocen la leyenda sobre el rigor con que eran educados niños y jóvenes en la antigua Esparta? El robo como tal no estaba penado, pero sí lo estaba ser descubierto, ser mal ladrón en definitiva. Un niño ocultó un zorrillo bajo su túnica y por no confesarse autor del robo, resistió sin rechistar los desgarros y dentelladas del animal hasta caer muerto. Soledad resistía con la espalda recta sobre el respaldo de la silla – una mano en el teclado y la otra en la tecla – las convulsiones de un orgasmo arrebatador que se había estado cociendo a fuego vivo durante horas, y al concluir sacaba un pitillo de la pitillera, giraba la silla y le pedía a su esposo fuego.

Me llegó una invitación electrónica para participar en un chat de encuentros eróticos, Sole. Te vi, y eso no es lo malo, lo malo vendrá si tu marido se entera, porque si figura entre los contactos de la cuenta de correo que hayas dado, le llegará otra invitación como la mía. Harías bien en darte de baja inmediatamente de esa web. Cielo, perdóname. Quería darte celos. Ha sido una estupidez. ¿Me perdonas? Ahora mismo me borro. Tienes todita la razón. No merece la pena que sigas corriendo estos riesgos, si vas a tener que seguir conviviendo con tu marido bajo un mismo techo. Ha llegado el momento de dejarlo, Sole. Volvamos, si quieres, a la situación anterior de amigos lejanos. Lo que hemos hecho hasta ahora vale como aventura, pero no tiene más futuro. Para mí no tiene futuro consagrarme a una quimera amorosa. No quiero ser un amante virtual encerrado en una esfera de plástico sabiendo que no voy a poder verte libremente fuera de esa esfera; y no quiero ser el motivo de que tu marido te maltrate. Hasta ahí podíamos llegar. Si tú no lo denuncias y yo tampoco, acabaría siendo su cómplice.

La enfermedad se leía en su rostro demacrado. Mejoró en verano y con los ánimos viajó a casa de una hermana.

Soledad todavía intentó retenerme con amenazas de suicidio. Como es lógico, traté de disuadirle y le afeé la estratagema más interesado en restarle credibilidad que otra cosa. Pasaron unos meses de aparente calma, sólo aparente, porque estaba larvada ya de antes de antes, larvada de carcoma, aunque el espejismo de nuestro amorío hubiera contenido la tumefacción. Soledad me escribió contándome cómo tuvieron que trasladarle de su centro de trabajo al hospital en ambulancia a causa de un episodio de ansiedad. Desde entonces, estaba de baja con diagnóstico grave y bajo los efectos de una fuerte medicación ansiolítica y antidepresiva. De cuando en cuando, me enviaba fotos. La enfermedad se leía en su rostro demacrado. Mejoró en verano y con los ánimos viajó a casa de una hermana. Me envió fotos felices junto a sus sobrinas. A la vuelta, volvió a empeorar y, a ciclos, estaba mejor o peor.

La relación recuperó la distancia y la cordialidad sin compromiso de los años previos. Ahora era yo quien tomaba la iniciativa de dejarse sentir a saludo por trimestre, pero llegó un trimestre, aproximadamente al año de la ruptura, en que no obtuve respuesta. Me extrañó. Tengo un don de la oportunidad que no avisa ni enciende un piloto rojo de atención, sencillamente, me conduce disfrazado de azar a un punto de destino, tal y día y a tal hora. Sólo entonces, a toro pasado, cavilo y pienso que lo mismo de otras veces me ha ocurrido otra vez; llamada para una despedida.

Escribí a su hermana a través de la mensajería privada de Facebook. Soy un amigo, un antiguo compañero de trabajo, ¿cómo fue? «Murió anoche, durmiendo, no ha llegado a despertarse.» ¿Un fallo cardíaco? «Eso parece». En la era de las redes sociales, a todos os pasará alguna vez, y más de una, que al entrar en el raudal noticioso – eso que llaman historia – de uno de vuestros contactos lo encontréis, como en los cumpleaños, ocupado por comentarios de terceras personas que dan el pésame.

Yo no recuerdo las fechas, probablemente, hubo un día en que me atraganté con alguna y desde entonces las encuentro de mal agüero; por contra, me he acostumbrado a esperar que algo o alguien me las recuerde. Me acordé de Soledad en una fecha indeterminada, hace un tiempo. Leí un mensaje de Twiter que no iba dirigido a mí, uno de esos mensajes que te llegan por caminos inextricables. Parecía feminista y autora el autor del mismo. Dirigía su enojo contra el santoral machista, como ella decía, y se preguntaba por qué a las mujeres les había caído la cruz de llamarse Cruz, precisamente, y Dolores y Angustias y Remedios y Socorro o Soledad, y a los hombres no. Pensé que en parte tenía razón – los hombres que hayan sido o vayan a ser madres, también los merecerían-  pero que en la otra parte, la mayor, exhibía la arrogancia del ignorante con causa. Como no creo que nadie guarde esos nombres para sus hijos, y como el nombre laico está al capricho del consumidor, estoy convencido de que en una o dos generaciones desaparecerán. A la Soledad de mi historia tampoco le duró mucho tiempo el suyo. Murió con cuarenta y un años. No recuerdo la fecha, pero háganle caso a este sentido mío de la fatalidad al que bien informan las voces de dentro y de fuera que saben en qué día vivimos y en que día morimos. En su aniversario, in memoriam.


Soledad, tienes nombre de mujer (pero por poco tiempo) por Texto: Jesús Mª Ventosa Pérez. Fotos: Juan A. Díaz Iraeta se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Basada en una obra en adesmano.media.

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