Saltar al contenido

Soledad, tienes nombre de mujer (pero por poco tiempo)

Tómame y haz de mí lo que quieras

El juego erótico empezó temprano. Ella iba en un principio con ventaja, era la jefa; yo tenía que aprender a hacer bien las cosas. Ella hablaba y yo atendía; ella me enseñaba las manipulaciones, las temperaturas, las piezas correctamente pintadas…, y yo le miraba las manos, y de las manos volvía ojos a su semblante sin cerrarlos en el recorrido desembarazado que se abría paso entre los senos, y en el rostro, por no fijar intenciones ni perder provecho, oscilaba entre su mirada y a todo que sí, la onda de su flequillo y las carnosidades de los pómulos y los labios. ¡Ah, los labios! Los labios son por sí solos un cuerpo en escorzo, parte quilla y parte marejada; la voz impulsa los vientos, la saliva el oleaje, y la lengua, la lengua sabe a salitre. Estas cosas que decimos quienes hacemos literatura con cualquier pretexto, como el turista japonés que va tirando fotos por el carril turista para ponerlas a remojo en sus ceremonias de té allá en Hokaydo; no es exactamente lo mismo, pero la comparación me ha parecido adjetiva. Estas cosas, mutatis mutandis, y otras que utilicé para seducirla dos años más tarde.

Porque Soledad desapareció de mi vida el día que dejé La Curtidora. Pude haber renovado contrato, pero tenía otros planes. Ella se había casado finalmente con su pareja de siempre y a la vuelta del viaje de novios por el Caribe, gastos pagos, me regaló un amuleto indígena de la buena suerte. Buena suerte, le dije, felicidades. ¡Ah!, también me envió unas fotos en bañador y otra con vestido de noche escotado, pelo corto, engominado y platino, recostada en un diván. Muy sensual la piva. Representé esta última en el ordenador la noche de autos, a modo de ilustración erótica, acordándome de aquellos calendarios de la carpintería algorteña donde de niño descubrí cómo de tetonas pueden ser las mujeres.

Y no fue hasta seis meses después que me envió un saludo a través del Messenger. Nos saludamos, me habló con pena del cierre de la fábrica y de nuevo hubo un lapso de otros tres meses antes de que volviera con noticias. Se había reciclado la Sole. Ahora trabajaba como auxiliar sanitario en una residencia de ancianos, pero la inercia de trabajarlo todo más horas extras y suplencias no había cambiado. ¡Hasta pronto, ya te contaré!, adiós. Lo nuestro iba por trimestres. Yo no hacía por ella, para qué. Su vida era como un aparador con muchos cajones, en uno guardaba la caja de caudales, pero los demás estaban llenos de abalorios, fotos y todas esas cosas que parecen útiles, pero que son fútiles realmente, porque sólo son forraje, y las caballerizas vacías. El trabajo, su matrimonio, las comidas en casa de los suegros y las videoconferencias con los familiares en el extranjero le llenaban de aire, de melancolía y, finalmente, de hastío. Vivía confinada bajo la protección o vigilancia de un perro guardián que no respondía a sus órdenes. De pronto, todo se le volvió un sinsentido y la mutua, siendo una mutua, le forzó a una baja de quince días por trastorno de ansiedad.

¡Qué tonterías dices, me iba a gustar a mí la Lidia, que era una sombra de su madre anciana, que le sentaban los pantalones como a un militar! Yo la miraba y pensaba para mis cuentas: De negro y escurrida como un luto.

Allá que fue a contármelo por la mensajería instantánea. Un día u otro le tenía que pasar, se lo había advertido. Ella admitió humildemente que tenía razón y así empezamos, yo pasándole consulta y ella con el Dime cómo soy. Hay dos maneras de entrar a seducir o de dejarse: transmitiendo alegría, vitalidad, ideas, actividades y planes de viaje en los que reservas un asiento libre; u ofreciéndote como mula de carga, acupuntor de neuras, hermeneuta de chat, entrenador personal, cepillador de yeguada, poeta ditirámbico y toda la parafarmacia que se les ocurra a propósito – en este caso, sobre la base de la escritura – que desemboque en el final feliz del masaje tailandés. Soledad decidió dejarse en mis manos; con semejante hoja de servicios quién no prueba.

Lo que siguió vino por sí sólo, ¿se lo tengo que explicar? Dimos un salto en el tiempo remontándonos a los días en común, aquellos de La Curtidora, casi cuatro años antes. ¿Cuántos años tenías, de aquella?» «Treinta y cinco, majo. Tú no te enteraste, porque aquel día, el 3 de agosto, yo estaba de permiso, pero al año siguiente llevé un bizcocho de chocolate casero, y unos pastelillos de hojaldre. ¿No te acuerdas? Yo me acordaba y le recordé lo que ustedes ya saben de los primeros días y cómo muy pronto empezamos a dejarnos ver a la salida o la entrada del turno en traje de calle hasta el punto de convertir el suceso en una cita que ninguno de los dos se quería perder.

Soledad quería asegurarse. Yo no, qué coño, yo iba a pieza cobrada, pero ella, gacela brincando entre líneas, quería saber si su candidato había recorrido más kilómetros que nadie tras el aroma de su colita o si, por el contrario, yo era un oportunista y ella tropezó. Aclárame una duda y te revelaré un secreto, me dijo. Porque ella tenía por cierto que a mí quien me gustaba era Lidia, la otra jefa de equipo a quien, no obstante, ayudó una tarde vigilando mientras la otra espolvoreaba sobre el plato de la ducha, el banco y el suelo donde había de vestirme un filtro de curandero africano para doblegar voluntades del que ni me apercibí, y ni siquiera me duché, le dije. Otro se ducharía en mi lugar. ¡El moro!, exclamó Soledad. ¡Se ducharía el moro! ¿El moro? Tú ya no estabas en La Curtidora. Este era uno nuevo, un chico más joven que ella, que luego se fueron a vivir juntos a la casa de Lidia, Lidia con su madre, que estaba mayor, y él. Lidia, a todo esto, embarazada, que vio la oportunidad y se abrió como un compás, de piernas, porque Lidia tenía cuarenta años ya de aquellas. Pero el moro la dejó plantada, o eso dicen, porque conmigo no habló, cogió la baja por maternidad y después de la baja no volví a verla. El moro la dejó plantada como a un ramo en un florero antes del parto y ahora ella cría sola a la niña. Si quieres que te diga lo que pienso, que mejor; mejor sola que con la pata quebrada.

¡Qué tonterías dices, me iba a gustar a mí la Lidia, que era una sombra de su madre anciana, que le sentaban los pantalones como a un militar! Yo la miraba y pensaba para mis cuentas: De negro y escurrida como un luto. Fíjate, pues yo pensaba que sí! ¡Que no, hombre, ni para rezar el rosario! Y estando tú allí para enseñarme a limpiar los anillos superconductores en la cernedora, que parecíamos dos niños recogiendo conchas en El Sardinero. No hacía sino desearte y adelantarme alimento de ti, que a hurtadillas te miraba como si me sentara a mirar un cuadro, y olía el aire que movía tu cuerpo y tu pelo como un sabueso, y cerca de tu piel afinaba imaginándola cubierta de un tapiz microscópico de musgo y florecillas de manantial. ¿Todo eso hacías? Y yo sin darme cuenta. Algo de cuenta te darías, porque te acercabas. Olías muy bien. ¿Y no me dijiste nunca nada? Estabas casada, Sole. Ahora, también.
   

Un beso es un abrazo entre cavidades que sellaron una promesa o que quieren sellarla o sellar algo, un sentimiento intestino, por ejemplo.
Le dije que había empezado a tocarle y que estaba en el cuello apenas a una pestaña de las confidencias al oído.

En la evocación de aquellos momentos fabriles de transmisión por correa y palpitación en clave morse, de aquel peinado y de aquel otro, y de aquel tinte, de los vaqueros bien montados en las ancas que aún no habían cargado vientre ni parto, de aquellos pechos constantes, el mío por los tuyos, y de la fuente que abrió Moisés con su cayado de coscoja, se intercalaban silencios e intercambiábamos fotos, fotos de circunstancias ajenas, pero coetáneas de aquellos sentimientos clandestinos, fotos de cuando se sembró, puestas delante, ofrecidas.
    Sobre ellas comencé a amarle aquella noche de conferencia escrita, que comisioné al Parnaso mío para que me apuntara églogas obreriles, mitos a propósito de una náyade en vestuario de fábrica y Simbad pintando un brocado de perlas electromagnéticas para cubrir su desnudez de cuatro años antes, dos años después, por arte de birlibirloque. Le dije que había empezado a tocarle y que estaba en el cuello apenas a una pestaña de las confidencias al oído. Y le dije dónde tentaron primero mis labios y cómo siguieron la lectura de la piel, y en qué momento le entrelazaba los cabellos rubios – los de la foto – y cómo fui remontando a ciegas la curva del párpado, el vientre cálido de la mejilla, y me paré a esperar que la piel atravesada dejara de conmoverse.

La impronta del primer beso en la boca debe tatuarse, millones de nervaduras superficiales pendientes del aire cálido que se aproxima. Un beso no deja de ser un beso, se respire o se haga a apnea. Un beso es un abrazo entre cavidades que sellaron una promesa o que quieren sellarla o sellar algo, un sentimiento intestino, por ejemplo. La besada, en cambio, es una conversación unilingüe anterior a cualquier idioma. La besada es un maná que se aprende chupando teta. Sirvió de prólogo y pared de eco al lenguaje. Ha servido y sirve para respirar, para alimentar, para concebir, para abrigar,  para calmar. Una buena besada convence de todo eso y por eso predispone al Tómame y haz de mí lo que quieras, que fue lo que cursó por sumarísima vía urgente Soledad, una vez hube deslizado mis manos sobre sus hombros bajo los tirantes del sujetador, y luego de desabrocharlo y alzárselo por delante acariciando apenas la zona más tropical de sus senos y colocando por un momento sus pezones en mis palmas, justo en el preciso lugar donde le remacharon los clavos a Cristo. Ella escribió: Sigue. Y al final, un «sí» seguido de muchas íes.
Nunca lo había hecho en un chat – confesó – Contigo, mi primera vez. ¿Te arrepientes? No. Ha sido maravilloso. Es tarde. ¡Tardísimo, las tres de la mañana! Mañana tienes que trabajar. Buenas noches. Estuvimos conectados cuatro horas, tres haciendo el amor.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: