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Soledad, tienes nombre de mujer (pero por poco tiempo)

Don Juan asalta el convento

Pasó casi un mes antes de que Soledad volviera a llamar a la puerta de mi Messenger. Estaba casi convencido de que el polvo en línea quedaría guardado en el cajoncito secreto de su aparador y que, con el tiempo, caerían sobre él sobrecitos de pimienta y de servilletas húmedas de alguna memorable comida de empresa o de cena entre mujeres, un cigarrillo rubio de distinta marca a la suya ofrecido por cierto galán, unas monedas del viaje a Grecia que un camarero de pelo ensortijado depositó en su mano con un roce de yemas y un guiño, entre otros recuerdos de chispazo pasional que más que nadie atesoran quienes se unieron en sacrificio a la fidelidad conyugal de la carne. Porque esos chispazos, que no van a prender, recuerdan una emoción del sentirse poderosamente vivo, y porque para experimentarla una segunda, una tercera, una enésima vez, hay que repetir el sacrificio, y hay que matar al rey o a la consorte salientes, y hacerle el duelo en la procesión de Viernes Santo del Cristo del Perdón y de María Auxiliadora.

Y no prende ese chispazo que acelera el torrente sanguíneo, porque se aprende a observar desde la distancia al mancebo de bizarros pectorales y a la hembra que al andar describe su propio paisaje, como si fueran grullas o ánades que flechan los aires en migración de temporada. Y, si acaso, el mechero chiscara tan cerca del uno como para churruscarle las pestañas, la otra soplaría al punto una gélida respuesta, un llévate al niño a hacer pis, un nos esperan a comer tus padres.

Soledad volvió para recibir la confirmación y se la di sin repicar de campanas, pero a partir de ese día nuestros encuentros quedaron santificados por la costumbre. Ella se había reincorporado al trabajo. Entresemana, hablábamos de las celadoras, de las viejecitas, de la palangana o del viejito verde de la residencia. De mi trabajo, poco o nada. Nunca me ha gustado hablar de mi trabajo en las horas de ocio, para qué apesadumbrarlas, siquiera podía rescatar alguna anécdota divertida o ilustrativa, en el caso de que alguien insistiera, de la infamante condición del repartidor de paquetería urgente, infamado por las empresas contratistas y subcontratistas, por la fiscalidad de las multas municipales, con la colaboración necesaria del victimario clientelar animado, a su vez, a infamarlo con exigencias extemporáneas.

Nada que ver con una velada amorosa de fin de semana por chat en la que tu pareja ya es enamorada y cómplice, y te deja la iniciativa de radiarle por teletipo lo que en persona se dejaría al lenguaje corporal, los pensamientos que en directa carne los amantes no confiesan, (Corrijo, siempre quedarán papanatas de cine de barrio que interpreten el: Vas a sentir con un hombre lo que nunca has sentido como mujer; o eyaculadores en pañal que pregunten al final del proceso: ¿Entre 0 y 10, qué nota me pondrías?), y le dices: Hoy te voy a maltratar. ¿Cómo, me vas a hacer daño? No, pero espera. Todo a su debido tiempo (Esto es de otra peripecia amorosa. Tuve una amante un tanto perversa que, por retenerme, en cuanto percibió que mi apatía sexual precipitaba la ruptura, se me plantó desnuda, melosa y mefistofélica, y me dijo: ¡Pégame!), y ella añade: Si me vas a maltratar, que está por ver, ¿puedo insultarte? A mí es que me excita, hay determinados momentos… Si te va a molestar, mi amor, no lo hago, pero es por cariño. Es como si dijera ‘¡joder!’¡, pero digo ‘¡cabrón!’

Nunca nadie me había insultado follando, y menos a distancia. Sería cuestión de probar. Con la idea y el sonido del «probar», se me fueron las mientes a las idiprobak vascas. Los akullariak o carreteros, pinchan con el aguijón del akullu las ternillas de los bueyes cuando parece que la piedra se les impone y va a dejarlos tal cual la misma, pétreos y agarrotados. Los pinchan hasta sangrar tras la rabadilla y por otras partes blandas y/o les sacuden la contractura del lomo con la vara de avellano a ver si así consiguen un último rendimiento de unos cuantos metros o hasta de un clavo. Soledad estaría acostumbrada a buscar algo parecido, y por no implorar ¡sigue, no pares, por favor! te insultaba el género o te mentaba a la madre.
    Pero aquella noche de tantas, que también empezamos vestidos, yo pedí verla y que ella misma se desabrochara los botones de la camisa. Sólo eso, conecta la cámara, que quiero verte. Suéltalo, suelto, desprendido incluso de los hombros cayó el sujetador, pero los pechos no, aún se acomodaron ganando espacio y a poco que moviera el torso Soledad se percibía su soberbia palpitación muelle entre la atracción lunar que levanta las mareas y la gravedad terrestre tan sedienta de las fuentes como envidiosa de su evaporación. Ya puedes apagarla, Sole.

Soledad saboreaba esta invención de darse sexo imaginando al hombre que le escribía las instrucciones y describía con pelos y señales cada momento de su hacerle el amor, en silencio, al abrigo de su dormitorio.

La tuve luego sobre mí a horcajadas, más cómodo yo con su culo que ella con mi asiento, no más que por tener a la vista y al pedir de boca aquellos dos espléndidos satélites obra señera de la tecnología humana. El homo Sapiens se impuso a los neandertales – el arqueólogo Arsuaga me desmienta – porque sus mujeres fueron más eficazmente inseminadas, una eficacia debida a ellas que se inventaron unos cuartos traseros en los cuartos delanteros de pura propaganda y reclamo sexual hacia la cara oculta donde por delante, por detrás o de perfil se posibilita la generación. (Que tenga que darles tantas explicaciones de falsa erudición para que no me tachen de pornográfico o, peor, de banal…).

Ella sobre mí tuvo su orgasmo y yo el mío y, a continuación, pidió cámara: Quiero verte, quiero verlo, quiero verla, es decir. Vio que seguía oferentemente armado y desenfundado, y lamentó no estar en mi cubículo en ese preciso momento, porque tendría mucho de que hablarme, tal y como yo estaba, a micrófono abierto. Pero seguimos a micrófono y cámara cerrados. Soledad saboreaba esta invención de darse sexo imaginando al hombre que le escribía las instrucciones y describía con pelos y señales cada momento de su hacerle el amor, en silencio, al abrigo de su dormitorio, a hurtadillas de su marido, que veía la televisión acaparando ufano el sofá de la sala mientras hacía a su mujer en los enredos de sus interminables conferencias de Messenger y Skype con la diáspora familiar.

¿Estaba siendo infiel? ¿En cuerpo y alma? ¿Era adulterio masturbarse llevada por una seducción escrita sobre su cuerpo en directo? También lo sería hacerlo ante las páginas centrales de una revista pornográfica, o hacerlo en pleno sofoco tras la lectura de cierta escena tórrida en una novela, o haciendo espinin. Un Don Juan ya conocido de ella, que es lo bueno, había burlado los cerrojos y cautelas del convento hasta meterse debajo de sus faldas. Sólo tenía que cuidarse de mantener ocultas unas conversaciones que, como prueba íntima de amor, se negaba a borrar; prueba de que volvía a sentirse enamorada, de ahí su precio. En lo nuestro advertía un enredo de alcoba genuino, novelesco, y esto le hacía sentirse frente a mí y frente a sí misma protagonista de una vida secreta y singular.

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