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Vicente Escudero, el genio de la ignorancia

Sala de exposiciones de la Casa Revilla, Valladolid, del 29 de agosto al 27 de octubre de 2019

A mí siempre me ha gustado lo que no entiendo. ( V.E.)

Pensemos que casi treinta años antes de que aparecieran figuras como John Cage o Merce Cunningham, Escudero baila en un teatro de Nueva York durante 15 minutos en silencio, baila durante otros 5 minutos el aleatorio entrechocar de piedras, o durante otros 3 minutos el vibrato de una dinamo eléctrica. (Pedro G. Romero*)

Lo dije en mi último artículo, últimamente sueño mucho, lamento repetirme, es otra de las consecuencias de mi ancianidad anticipada. Yo siempre he sido un viejo prematuro, ¿saben?, desde niño que, por emular a mi abuelo, sorprendía a las visitas – ¡qué aburridas las visitas! – declarando que de mayor quería ser jubilado. Ya les conté que la urgencia urinaria me levanta de madrugada – oculté que utilizo un orinal de hierro esmaltado en blanco, una reliquia de mis antepasados -. Por la próstata empieza la regresión a la infancia. Ahora duermo menos, pero sueño más; sueño, incluso, despierto. Con esto de la próstata se ha alterado mi ritmo circadiano del descanso. De noche, no acabo de dormir bien y, por despertarme, infrinjo la intimidad del sueño. Lo sueños son muy vergonzosos. Estén en el punto que estén, como te despiertes y no mires hacia otra parte se sienten como si los hubieras sorprendido en pelotas. De día, ocurre lo contrario, me cuesta estar completamente despierto y los sueños que no tuvieron palabra en la nocturnidad se filtran en la consciencia. Se dice de los que están en Babia: Es una joven muy soñadora, por ejemplo. O de los que fracasan estrepitosamente en la interpretación de las señales del celo: ¡Tú alucinas conmigo, chaval! ¡Eres la última persona en la que podría haberme fijado!

Una de las compañías dramáticas que participaron en el 20 Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle estrenó un número de baile titulado Decálogo de Vicente Escudero.

El síndrome de Stendhal

No es de ahora. A Escudero volví recientemente, el mes de mayo, porque una de las compañías dramáticas que participaron en el 20 Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle – Valladolid – estrenó un número de baile (performance, indicaba el programa) titulado Decálogo de Vicente Escudero, que se hacía alrededor de una estatua dedicada al maestro y sita en un lateral del Campo Grande. Quise identificar en el libreto (formato periódico) al bailaor que interpretó esta pieza, porque lo hizo bien, tenía escuela y flamencura; y porque de las cuatro «performances» a la flamenca que presentó el grupo – Varuma Teatro – tres que vi y una que leí en recensión periodística, esta fue la única con fundamento. Con las otras tres podrían, a lo sumo, haber aprobado el Graduado Escolar, lo cual no fue obstáculo para que el jurado del certamen les otorgase el primer premio en la categoría de Teatro de Calle.

Quienes lo padecen reaccionan ante la belleza de los monumentos con angustia, sudoración, sensaciones de ahogo, vértigo, delirios, euforia de grandeza y depresión de miseria.

Lo cierto es que en la ficha artística sólo figuraban señalados la «Idea y Dirección»: Jorge Barroso «Bifu» y el Jefe Técnico, que poca técnica tuvo entre manos: dos micrófonos y un par de bafles que un músico cualquiera utilizaría de gira por el Metro. Los intérpretes de las cuatro obras aparecían como si dijéramos en el «cuerpo de baile». Háganse la idea del ego de la idea. Afinen aún más sabiendo que el conjunto, la tetralogía Barroseriana, se agrupaba bajo el título: El Síndrome de Stendhal. Yo tampoco lo sabía hasta que me informé, pero no me hago responsable. Parece ser un cuadro psicosomático (dicho también síndrome o estrés del viajero) descrito en 1979. Quienes lo padecen reaccionan ante la belleza – supuestamente, extraordinaria, excesiva – de los monumentos y demás obras antiguas con angustia, sudoración, sensaciones de ahogo, vértigo, delirios, euforia de grandeza y depresión de miseria, entre otros arrechuchos.

Israel Galván, el discípulo epígono

El autor de La Cartuja de Parma y de Rojo y Negro, describió estos síntomas en un relato a propósito de la visita que cursó, poco más o menos que de rodillas, a la Basílica de la Santa Cruz de Florencia en 1817. No me he parado a pensar si los títulos egregios hacen más llevaderas las enfermedades. Este cuadro – y tanto que cuadro – se podría despachar llamándolo simplemente «El empacho del turista». Con menos despliegue de romanticismo y dieta escasa en calorías, a mí me pasa algo parecido cuando permanezco una media hora, tres cuartos, dentro de un museo. Caramba, que no somos de la Casa de Alba. Miren, en una biblioteca no me pasa, porque estoy acostumbrado a leer mucho y variado desde chaval. ¿Pero, quién se para a mirar un cuadro en su vida diaria? ¿Quién se ha atrevido alguna vez – incluyo a los de misa dominical – con un retablo barroco de los que rodean al Altísimo? Nadie; los guías turísticos que preparan una tesina.

Llevo a Escudero en mente, mi paisano, desde hace muchos años gracias a mi afición por el Flamenco. Tampoco crean que los puristas y los bailaores tirando a tablado rancio se acuerdan de él. Entre los modernos, sólo uno puede llamarse discípulo intelectual del maestro vallisoletano y ese es Israel Galván, el mayor genio creativo de la danza jonda española del momento. Hoy por hoy, no tiene quien le sople el polvo de los tacones.

He vuelto a rebuscar al bailaor genial en las escasas y desvaídas grabaciones videográficas que se conservan, pero sólo lo he encontrado observando la seguiriya inspiradísima e inspirada en el maestro que compuso Israel Galván acompañado por la guitarra de Alfredo Lagos.

Exposición en la Casa Revilla

Hace pocos días, el 29 de agosto, se inauguró en la sala municipal Casa Revilla (seguimos en Valladolid), una muestra de retratos fotográficos, libros, recortes de prensa, programas de mano y dibujos de Vicente Escudero Urive, nacido por votación (se barajan diversas fechas) en 1888, calle Laguna, número 19, barrio de San Juan, Valladolid, y muerto en Barcelona el 27 de octubre de 1980. Bailó hasta los ochenta años y a los 92 concedió su última entrevista a Antonina Rodrigo (El legendario bailaor Vicente Escudero). Visité la exposición y saqué fotos como si fuera a digitalizar todos los materiales expuestos. He vuelto a acordarme de él. He vuelto a releer textos suyos o a propósito de su figura y alguna de las entrevistas que concedió; he vuelto a rebuscar al bailaor genial en las escasas y desvaídas grabaciones videográficas que se conservan, pero sólo lo he encontrado observando la seguiriya inspiradísima e inspirada en el maestro que compuso Israel Galván acompañado por la guitarra de Alfredo Lagos (Si no la han visto todavía, háganlo).

Interpretación de las siguiriyas en memoria de Vicente Escudero por Israel Galván, al baile y Alfredo Lagos, a la guitarra.

A la greña con Picasso

Así es que llevo unos días de ensoñaciones crepusculares con Vicente Escudero, qué tío, en España estuvieron a punto de fusilarle dos veces los falangistas: una, por ser devoto de Pablo Picasso* y, otra, porque su amigo Piqueras*** dejó prensa comprometedora en la habitación del hotel vallisoletano donde se alojaba. A todo esto, Escudero le guardaba rencor a Picasso por insolidario. Sucedió entre mayo y junio del año 27. El bailarín y bailaor, grande ya de la danza consagrado por el público y la crítica, pidió la colaboración del pintor cuando preparaba una gala en París a beneficio de los heridos en la guerra de Marruecos. El óbolo sería un cartel, pero Picasso le dio tantas largas que, al final, Escudero se plantó ante él con una maldición de perra gorda que el malagueño recordaría divertido el resto de su vida: (En estos detalles se nota que don Vicente no era gitano): ¿Sabe usted lo que le digo? Que es usted un sieso y que ojalá se ponga gordo como el Colorao de Sevilla, que pesaba 150 kilos. De remate, el corresponsal en París de El Heraldo de Madrid escribió una reseña del acto donde se leía: Vicente Escudero (…) Es en el baile español lo que Picasso en la pintura y Falla en la música. Para llegar a Escudero hay que pasar antes por los otros dos. Esta cita me hizo recordar la obra que Fernando Arrabal presentó en una de las naves de El Español en El Matadero de Madrid (Dalí versus Picasso, febrero de 2014) donde, entre la caricatura y el retrato, la ficción y el lo sé de muy buena fuente, retrata a un Picasso pesetero sin compromiso político que transformó un boceto sobre el que trabajaba por encargo de una empresa francesa en El Guernica, obra solicitada y pagada sin ahorrar en gastos por el Gobierno de la República Española.

Iba a cambiar el baile por el toreo pero una vez una vaca me dio una paliza que me dejó desnudo, hasta me mordió..

El magisterio de la vida

Escudero se hizo autodidacta desde el momento en que su madre se lo puso en el pecho y se quedó dormida. Aprendió las primeras patadas de baile junto a los gitanillos del barrio con los que iba de trapisonda. Las segundas, estas más serias, con Antonio el de Bilbao, (es decir, el del Café Las Columnas de Bilbao; Antonio era sevillano, aunque Ramón Montoya le tomara por vasco al verlo con txapela) de quien Fernando el de Triana (autor del libro Arte y artistas flamencos, 1935, cuya selección fotográfica ilustraría el devenir de las momias del Museo Arqueológico de El Cairo) escribió: Desde los tiempos de Miracielos y el Raspao a esta parte, éste ha sido el bailaor que más ejecución de pies ha demostrado. Entre unas y otras, viajaba de polizón en los trenes buscando ferias por los pueblos y compartiendo imposturas con los maletillas que le enseñaron a capotear. Iba a cambiar el baile por el toreo (…) pero una vez una vaca me dio una paliza que me dejó desnudo, hasta me mordió… **

Vicente Escudero nunca fue a la escuela. Qué se puede esperar de alguien que aprendió a leer y a escribir mirando a la gente. No era el método Montesori, tenía carencias. Por eso, muchos años después, cuando de tanto pensar y de compartir tertulias con escritores, quiso escribir él sus libros***, se acercó a Miguel de Unamuno pidiéndole consejo: Don Miguel, estoy preocupado porque tengo muchas faltas de ortografía. El autor de Niebla y de La tía Tula, exiliado de Primo de Rivera en París como el bailaor, le respondió con estas palabras: Verá usted, Escudero. En realidad, la ortografía es sólamente un estorbo. Usted tiene cosas más importantes de qué preocuparse.

Reverenció, aprendió y compartió giras con Antonia Mercé, La Argentina, la reina de las castañuelas: Ella era muy disciplinada y estudiosa; trabajaba las veinticuatro horas del día si era necesario. Yo, indisciplinado y bohemio, estudiando a ratos. Para mis bailes me inspiraba en Picasso, ella no pasaba de Zuloaga.

La calidad de aprendiz

La impronta original del talento de Escudero fue su calidad de aprendiz, aprendiz de zapatero como su padre, cuántas veces no imaginaría subplantar a los propietarios de aquellos zapatos cansados; aprendiz de torero, aprendiz de bailarín, aprendiz de escritor, de cineasta, de actor y de pintor. El aprendiz no sigue el recorrido del estudiante que, como un servidor, ingresara en las Discípulas de Jesús para unir con lápiz los puntos suspensivos de las cartillas Rubio y para empollar la Enciclopedia. El aprendiz se dirige directamente al maestro y, si es aceptado, se convierte en su discípulo. No acepta ser discípulo de otro discípulo, ni discípula, compañero sí; que en caso de necesidad le deje copiarle el examen, tate.

El talento de Escudero viajaba en desparjajo combinando el ¿A ver? del niño que se abre paso entre las piernas de los mayores para presenciar en primera fila a la Virgen de los siete cuchillos, la vuelta ciclista a España o la entrada en la ambulancia de un cadáver al que se le ven los pies, con el ¡Aquí estoy yo! del atrevido ignorante que fue evolucionando a fuerza de mucho ¿A Ver? y de Ahora, lo voy a hacer yo. Escudero sacó butaca de patio en las cuevas del Sacromonte granadino, fue contratado por Diaghilev, el descubridor de Nijinsky, bailó con la Pavlova a quien admiró y rindió homenaje póstumo en Londres junto a bailarines de lo clásico; igualmente, reverenció, aprendió y compartió giras con Antonia Mercé, La Argentina, la reina de las castañuelas: Ella era muy disciplinada y estudiosa; trabajaba las veinticuatro horas del día si era necesario. Yo, indisciplinado y bohemio, estudiando a ratos. Para mis bailes me inspiraba en Picasso, ella no pasaba de Zuloaga*.

Salir a bailar sin saber

Vicente Escudero llegó al baile para volver a dejarlo en construcción. A la vista de los encofrados descubrió la línea recta. El no tenía ni idea de las consecuencias que en su vida de artista tendría no tener ni idea. Fue la irrisión entre los alumnos de la academia de Marujita; los guitarristas lo expulsaban de los tablaos porque no bailaba a compás, y con razón. No venía de familia flamenca, ni de familia burguesa con sociedad mercantil a falta de genealogía académica. Un día volvería de sus giras triunfales por América del Norte para decirle a Jarrito que así no se hacía el segundo tercio del polo, y a los bailaores gitanos que hacían el indio, y a los payos de tres pases diarios en el Café Cantante que opositaran a bedel de Dirección General, y a todos lo siguiente: Para bailar no necesito imitaros a vosotros; yo uso para mis bailes la arquitectura, y según el motivo que interpreto escojo el estilo gótico, románico, egipcio o griego; y con más frecuencia nuestra arquitectura Hesperiana. (Mi baile, 1947). Y, todavía, esto otro estando presente Carmen Amaya, otra revolucionaria de instinto: El que salga a bailar sabiendo anticipadamente lo que va a hacer está más muerto que vivo.*****

Las tertulias parisinas

De aquellas humillaciones resultó su divorcio de la música y de cualquier otro acompañamiento que no fueran los sonidos producidos por él mismo con los pies, las manos, los dedos, las uñas, la boca o con las castañuelas de metal que se hizo fundir ex profeso. A causa de aquella incompresión que algunos tildaban de locura buscó amparo en las vanguardias, cubismo, surrealismo y dadaismo, principalmente, que aglutinaban a artistas raros, arriesgados e incomprendidos como él. Hubo un período de tres años, a finales de los años 20, en los que Escudero interrumpió su exitosa carrera en la danza para dedicarse de lleno a la pintura. Asistía a tertulias, visitaba talleres de artistas, se empapó de lecturas y comenzó a dibujar sus bailes. Antes de ensayar una nueva coreografía, la pintaba. Joan Miró elogió ante terceros sus dibujos, independientemente del aprecio mutuo que se profesaron y de que el bailaor le lavara los pinceles en más de una ocasión. La camarilla de tertulianos a la que pertenecía Escudero no la hubiera comprendido el Beaubourg en todas sus salas: Jean Metzenger, Fernand Léger, Juan Gris, Luis Aragón, André Breton, Paul Eluard, Kess van Dongen, Luis Buñuel, Man Ray, Tristán Tzara, Vicente Huidobro, Pablo Picasso, Joan Miró.

Creaba mi propio ritmo y sentía el placer de dominar y someter la música escrita a mi capricho, demostrando que el baile es anterior a ella como forma de expresión artística.

Theatre Curbe

Los felices 20 de las vanguardias, todos jóvenes, todos artistas, todo porvenir, toda la energía homérica de una Odisea o de una Ilíada en cada uno de ellos volcada hacia la creación de lo nunca visto, oído o leído. Tío Vicente, en la madurez caída del árbol, evocaba aquella vitalidad y sus frutos con emoción. Fue, precisamente, por entonces cuando en compañía de un amigo pintor alquiló un pequeño teatro en París (antiguo Fortuny) al que denominaron Teatro Curva, después de barajar otros nominales geométricos (esto lo digo yo). De él son estos recuerdos: Nunca en mi vida he bailado tan a gusto, ni he conseguido comunicar tanta emoción a mis bailes como en este escenario. (…) Creaba mi propio ritmo y sentía el placer de dominar y someter la música escrita a mi capricho, demostrando que el baile es anterior a ella como forma de expresión artística. Interpretaba una farruca geométrica y en ella dejaba resbalar las notas musicales a través de cada actitud, hasta que a mi antojo reanudaba de nuevo el movimiento(…)****** Después de un tiempo dándose el gustazo en actuaciones ante veinte o treinta espectadores, todos intelectuales y artistas, la verdad sea dicha, los empresarios cerraron por inanición.

Con inanición rima en asonante la última parte de su vida, que transcurrió en Barcelona al cuidado y sustento de la familia de su última pareja de baile, María Márquez. No es el propósito de este artículo realzar lo que ocurrió entre medias, las giras, los éxitos, las críticas encomiables en el extranjero, los millones que ganó y los que gastó en la larga enfermedad de su pareja de toda la vida, Carmita García. El Estado del bienestar no había llegado a España.

El último homenaje en vida

El día 2 de noviembre de 1974, ABC publicaba el siguiente manifiesto: Una serie de dificultades adversas influidas decisivamente por el paso del tiempo han llevado al maestro Vicente Escudero a una precaria situación económica. Nosotros, admiradores del reconocido arte de Escudero solicitamos de las autoridades pertinentes la organización de un homenaje nacional y nos ofrecemos a colaborar en el mismo a fin de remediar en lo posible la presente situación. Firmaron: María Isabel de Falla, Andrés Segovia, Mariemma, Antonio Ruiz, Antonio Gades, Joaquín Rodrigo, Federico Sopeña, Óscar Esplá, Regino Sainz de la Maza, Antonio Iglesias, José Muñoz Molleda, Leopoldo Querol, Gerardo Diego, Camilo José Cela, Matilde Salvador, Antonio Valencia, Enrique Franco, Antonio Fernandez-Cid, Vicente Asensio, Josefina Salvador, Luis Rosales y María Vargas.

El 4 de noviembre de 1974, el Ministerio de Información y Turismo, patrocinó un homenaje a Vicente Escudero en el teatro Monumental de Madrid. Se recaudaron 567.900 pesetas. Los acomodadores también quisieron contribuir a la manutención del maestro donando sus propinas: 655 pesetas. Tiempo atrás, le preguntaba un periodista: – Oiga, don Vicente, ¿y usted qué tal?; – ¿A mí? Que me quiten lo bailao. En otra ocasión mediática, justificaba sus penurias del presente con estas palabras: Yo soy una cigarra, amigo mío. Nunca he servido para hormiga. Y como una cigarra que siempre cantó y bailó he vivido. Por aquellas mismas fechas del homenaje, un entrevistador de televisión le preguntó cómo le hubiera gustado bailar. Respuesta: Como un auténtico inconsciente, frente a una orquesta que hubiese perdido las partituras, en la que cada músico tocase lo que se le ocurriese, ¡y mejor aún si ni siquiera supiesen música! (La Opinión de Granada, 12 de marzo de 2006)

¿Quieren más? La última: – Oiga, maestro. ¿Por qué lleva esas gotitas de vino en el pañuelo? ¿No le va la colonia? Mira hijo, este vino que hueles es la mejor colonia del mundo. Tiene más de cien años. ¡Imagínate, tiene más años que yo! Allí tengo en la habitación del hotel una pipita con el vino y todos los días, para que no se me vaya del paladar, más que tomarme una copa que se me acabaría pronto, me echo unas gotitas como si de un tarro de esencia se tratara y mira, huele, huele, cristiano ¿Crees que hay algo que huela mejor que esto en el mundo?******

Foto: Richard Avedon, 1955

*Pedro García Romero, prólogo a Mi baile y otros textos, Vicente Escudero. Athenaica, 2017.

**El legendario bailaor Vicente Escudero, Antonina Rodrigo.

*** Hueso de la mano y el pie. Comentarios a las relaciones entre vanguardia y Flamenco en la figura de Vicente Escudero. Pedro G. Romero

****Mi baile, 1947; Pintura que baila, 1950; Decálogo del buen bailaor, 1951; El enigma de Berruguete/ la Danza y la Escultura (en colaboración con Luis de Castro); Arte flamenco jondo, 1959.

*****Vida y obra de Vicente Escudero, Javier Barreiro.

******Vicente Escudero, un bailaor cubista, José Luis Navarro, ed. Libros con duende Sevilla, 2012

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