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Soledad, tienes nombre de mujer (pero por poco tiempo)

Sinfonía en dos tiempos

A medida que fueron pasando las semanas y los meses, la idea de un encuentro o un abrazo personal menudeaba en la rúbrica de nuestras conversaciones. Una cita fuera del convento, un espacio de tiempo en el que nadie le echara en falta, un lugar ficticio donde su marido la tuviera ubicada confiando. Soledad no recordaba haberse sentido libre desde sus años de soltera antes de novios. En esas estábamos. Por fin, resolvió mentirle a una amiga para que le sirviera una coartada en caso de que su marido hiciera indagaciones. El secreto, si he de creerle, nunca se lo confesó a nadie.

Pasaría a recogerla en el aparcamiento inmediato a la residencia de mayores, su centro de trabajo, a las ocho de la tarde; a las ocho y media anochecería. Días antes, estudié las inmediaciones en el mapa. También me adelanté al lugar con el furgón recorriendo los sesenta y cinco kilómetros que lo separaban de mi casa. Di vueltas buscando un paraje no muy apartado, pero solitario, donde a lo sumo pudiéramos coincidir con alguna que otra pareja furtiva encerrada en su coche para hacer manitas.

El día anterior a la cita le pregunté qué esperaba del encuentro, si estaba inquieta. Hacía dos años que no nos teníamos frente a frente. Sería la primera vez con la oportunidad real y no virtual de tocarnos. Como íbamos a disponer de poco tiempo, me preocupaba empezar con el movimiento cambiado, es decir, que Soledad llegara allegro ma non troppo, y que yo, abreviando la obra, fuera sobre ella allegro con fuoco e hiciera el papel patético en que pensó Tchaikovsky cuando compuso la sexta sinfonía. Soledad, con no menos determinación que yo, se imaginó en una playa del Atlántico, achicharrada sobre la toalla con el sol en todo lo alto y, a la hora convenida o a la de tres, lanzándose de cabeza a la mar océana. En cuanto me veas, abalánzate a besarme, concluyó. Y yo andaba preocupado.

Ahora que lo pienso, algo de Judas hubo en aquel beso que le planté con los labios entreabiertos y la luna llena a mis espaldas asomando tras un celaje.

Llegué al aparcamiento prepuntual para verlas venir. Allí aparcarían todos los de la residencia, y había ventanas que daban a la calle. Poco antes de que Soledad apareciera, una chica llegó, tomó su coche y salió del recinto; ella sabría, me dije. Ahora que lo pienso, algo de Judas hubo en aquel beso que le planté con los labios entreabiertos y la luna llena a mis espaldas asomando tras un celaje.

Sígueme en tu coche. Salimos del pueblo, en el límite del término municipal, a un lado de la carretera y bajo unos plátanos de sombra, aparcamos orillados a la tapia del cementerio, un lugar muy romántico, no me digan. Ella subió a la cabina de mi furgón. Besos y más besos. Llevaba un sostén de máxima seguridad, qué bárbaro. ¿De qué está  hecho, de tela asfáltica?, le dije. ¿Hace falta que te protejas tanto los pechos? Es la ropa que llevo al trabajo. No esperabas que viniera de señorita. Se supone que he ido a visitar a una amiga que está pachucha, y de ahí pa’casa.

Un hartazgo de tetas y un hartazgo de besos, pero aquello no parecía progresar. Entre tanda y tanda, se detenía a hilar conversación, no me pregunten qué contaba, no me acuerdo; tampoco me pregunten por el nombre de una calle, si un día se cruzan conmigo mientras voy corriendo a campo través. Había caído la noche. Un coche aparcó a unos veinte metros y permanecía con los focos y la luz interior encendidos. Dentro de él hablaban dos personas. Mi reloj de pulsera estaba en la guantera. Me gusta tomar esa precaución. Un reloj no pinta nada en una escena de amor, es de mal gusto y de mal agüero. Sin embargo, escuchaba pasar los segundos velozmente. Para más incomodidad, Soledad miró hacia el coche que mantenía las luces encendidas, luego miró su reloj de pulsera – ella sí lo llevaba, la correa era blanca y la esfera de sanatorio – y dijo: Se esta haciendo tarde.

Estaba tan sorprendido de mi audacia que el corazón se me lanzó al esprint, y yo bebía y bebía como un beduino de bruces agarrado a una sola frase: «A esta la doblego yo»

Se estaba haciendo tarde, pero ella seguía en modo mitológico, mitad mujer, mitad caballo, el torso desnudo y lo demás merluza. ¡Órdago a la grande, qué buen Dios! No lo pensé dos veces. O lo quiere o pierde la partida. Había observado que sus pantalones medicalizados tenían pretina elástica. Tiré de ellos con fuerza y con ellos claudicaron las bragas hasta las pantorrillas. Antes de que se diera cuenta del jaque, le estaba bebiendo a morro mientras libraba una mano para apartarle una zapatilla, de manera que la ropa le quedó colgando del otro pie. Estaba tan sorprendido de mi audacia que el corazón se me lanzó al esprint, y yo bebía y bebía como un beduino de bruces agarrado a una sola frase: «A esta la doblego yo».

Sinceramente, creía que después de esta emboscada habría una rendición, un desmayo, un abandono al placer; un da capo. Me iba a estallar el pecho. Aspiraba a situarme en un remanso desde el que empezar a reptar en la línea ascendente de la evolución, hacer el cuadrúpedo que aprieta riñones y, cómo no, ser el bípedo que sobre él marca el paso, el trote y el galope, pero aquello se me fue de las manos. Soledad cayó en un éxtasis de locura mientras alzaba la voz: «¡Métemela, ahora, ahora, corre, métela, ya!» ¿Ahora o nunca? Ahora o nunca, tú verás, a eso sonaba el apremio. Ni siquiera tenía suelto el cinturón de los pantalones. Tuve que echar el resto.

Y ahí quedó la cosa. Nos vestimos, fumamos un cigarrillo, nos besamos y cada uno se volvió en su vehículo y en su dirección, ella encantada por el polvazo y yo desencantado por la chapucilla. Para mi consuelo, pensé que las primeras veces rara vez son las mejores. Aquel beso de la luna llena sobre mi espalda, a la postre, sería el de la primera y la última vez que hollé el sagrario de Soledad. Intenté que no fuera el último, al menos, dos veces, mas con éxito parcial; en el primer intento, comí de la carne, pero no del pescao; en el segundo, hice un viaje en balde a su ciudad del que me quedó un extraño regusto de renuncia, pues la cita estuvo socavada por el desencuentro de mensajes y llamadas de teléfono sin cobertura.

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