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Soledad, tienes nombre de mujer (pero por poco tiempo)

II

Esta mujer se llamaba, precisamente, Soledad. Era una soledad ocupada más allá de las diez o doce horas diarias en trabajos asalariados y, fin de semana sí, fin de semana no, ocupada y sin hijos en comidas, meriendas o cenas familiares junto a su pareja de toda una vida. Cuatro veces al mes abría una espita de escape en la peluquería. Allí se ejercitaba en el ocio leyendo durante las esperas algún libro de cuatrocientas cincuenta páginas escritas a granel o revistas del santoral de los infiernos profusas en fotos a todo color, y se examinaba ante el espejo: Espejo, espejito mágico, ¿quién es la más?. Ante el espejo, Soledad se volvía un poco Alicia Carroll a la hora de la fantasía. La peluquera de Soledad respondía en lo gordo al barbero del imaginario histórico, aquel personaje cirujano que componía bigotes, sacaban muelas, aplicaba emplastos a los humores y sanguijuelas al mal incurable, el que daba bacina por yelmo de Mambrú a don Quijote y que para todo recetaba la misma fórmula: una oración y un vaya por Dios. Peluquera, pero por encima de todo profesional, celadora del secreto de confesión; no amiga, pero sí cómplice en la ocultación de una calva o en la aireación de un deseo libidonoso. Allá se plantaban alrededor de una mata de pelo como mínimo tres mujeres. Alicia, al otro lado del espejo, la peluquera, del lado de acá y entre ambas, Soledad y su cuestión existencial: qué me hago. Soledad acudía a la peluquería para dejar caer el pedrusco de peinado que llevara cuesta arriba a lo largo de la semana cesante. Creo que nunca llegué a estar seguro de cuál era su tono de pelo natural, me parece que más o menos rubio, si no recuerdo mal sus cejas.


    Era de tipo bien parecido y que parecía bien miraras por donde miraras. En el terreno seguro y propio de la fábrica, entre sus máquinas, desplegaba velas. Allí se mostraba desenvuelta, más atlética que grácil, más Diana cazadora que venado, escultural en cualquiera de los tajos como lo puede ser en el suyo una envasadora de anchoas del Cantábrico o el mecánico santiaguero decúbito supino bajo el aparellaje de un almendrón. El polvo de la pintura epoxi le hermoseaba de una manera inquietante, porque en mi imaginación la veía rodando por el suelo; y el día que me enseñó las cicatrices del brazo en una reparación del horno, cabeza con cabeza, comprendí que a mi lado exudaba una hembra de pelea. Sin embargo, ella mantenía un contencioso administrativo con su pelo, todavía hoy no me lo explico. Probablemente, el pelo no tenía la culpa.

La Curtidora

Trabajé a sus órdenes durante cerca de dos años en una fábrica alcarreña de componentes electrónicos cuyo edificio conservaba el nombre originario de lo que fue, un nombre añejo evocador de aquellas trashumancias polvorientas con ecos de gacetilla en El Adelanto; un nombre con personalidad y fielato que, apenas se apercibió, colocó su raída manga de dril sobre mis hombros de balonmanista y me dijo: Vente pa’cá universitario. ¿Sabes trabajar? Añejo y viejo, tan alto como una casa de tres plantas, diáfano en cien metros y pico por cincuenta metros o menos, el edificio se mantenía en pie por orgullo. Quizás, renovaran con motivo de alguna alegría presupuestaria los bancos y los percheros de los vestuarios, y seguramente colocaron inodoros donde antes sólo hubo un agujero séptico y una cuerda rematada con un nudo que, en tanto nadie rompía, nadie limpiaba, y ya nadie tiraba de la bomba hasta que de mañana pasaba la señora de la limpieza pertrechada de lejía y medias calcetineras contra todo mal y a tan inciertas horas. La Curtidora.

Fábrica de La Curtidora. No era mi primera experiencia obrera en una fábrica de última generación. La duración temporal de los contratos hablaba por sí sola de su esperanza de vida. Nunca vi más de seis operarios cumpliendo jornada, bien al contrario, veía menos que más y con frecuencia a mí mismo junto a otras dos personas atendiendo toda la producción, los tres aislados por el bramido de los motores, las turbulencias del polvo que te pintaba la piel a capas y el olor bélico del acero incandescente. Mi jefa Soledad había conocido tiempos mejores y a demasiados habituales de la cola del paro. Cada vez que se anunciaba un cese por fin de contrato, ella le hacía un duelo exprés, el responso, las flores y al nicho o a tomar por culo en la fosa común, según los casos. En tales ceremonias, intentaba recordar a los ausentes asignándoles un dedo por cabeza, del más reciente al más antiguo, hasta que perdía la cuenta, y entonces, en un movimiento reflejo, se acercaba a subir el volumen de la radio. ¿La has bajado tú?

No me imagino un Gran Hermano, que es la casa de tócame Roque, en el negociado de ningún ministerio, donde todo se piensa y se hace para el largo plazo, y de donde sólo se sale muerto o con pensión.

Dentro del gran hueco de la nave – la oficina de los encargados tenía el tercero – dos aparatos de radio permanecían constantemente encendidos en memoria de los ausentes, los dos con el dial engolfado en la misma frecuencia, una emisora de estas que emite en bucle la misma tortura musical a diario y, en este triste caso, a todo volumen. En un radio de tres o cuatro metros disputaban a los motores la primacía del ruido.

Personas de más fuste que yo, pero que como yo estudiaron seis o más años en colegios masculinos, más o menos de la Falange o de frailes y que, posteriormente, formaron parte de plantillas laborales mixtas, coinciden en ponderar el valor de la fuerza motora del sexo. Yo, con menos fuste y menos marcha directa a la dirección de plantaciones que aquéllos, todavía puedo enmendarles afirmando que aún es más productiva esa fuerza en trabajos de resistencia física. Se trabaja con otra alegría y como si dijéramos dopado. Concedo que deben darse determinadas condiciones: plantilla o cuadrilla no vieja, proporción equilibrada entre hombres y mujeres (excluyo de este ejemplo, que está un poco anticuado, a los seres humanes), y contratos de duración temporal. La inestabilidad laboral hace parejas inestables. Los contratos y las relaciones afectivas suelen ir a un compás, se firman, se van cumpliendo, se van mirando otros – por previsión – se alternan con alguno a media jornada o en sábados y domingos, se rescinden, se envían currículos, se hace un cursillo o se prepara una media maratón, se espera…

No me imagino un Gran Hermano, que es la casa de tócame Roque, en el negociado de ningún ministerio, donde todo se piensa y se hace para el largo plazo, y de donde sólo se sale muerto o con pensión. Dejas a una administrativa del nivel profesional B para liarte con una oficiala del A que, a su vez, dejó a un laboral del C, y todo a riesgo de cruzarte con las cesantas o ellas contigo, jornada sí, jornada no que tengo asuntos propios, en cualquier pasillo o en El Corte Inglés. Quita allá. Donde haya un trabajo confortable y duradero, aplíquese la sentencia granaína: Donde tengas la olla, no metas la polla.

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