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Sobre el arte de extrañar

El don del extraño radica en sus inauguraciones. El extraño inaugura cada mañana lo cotidiano, algo que es extremadamente difícil para el transeúnte, que disloca en repetición (costumbre) todo lo que encuentra, lo interior y lo externo. La estabilidad, la paz (al fin y al cabo) es el único territorio que se permite el tipo medio. Fuera de esto, la vida se convierte en un océano proceloso e indescifrable, y es el miedo quien capitanea entonces la nave. No. A partir de los cuarenta, la existencia ha de convertirse en un balneario de repeticiones y besitos en la frente. Es lo que proclama el estado del bienestar. Por supuesto, con pequeñas incursiones en fechas de asueto: un viajecito perfectamente programado de peligros con monitor y caricias a un tigre reumático para narrarlo luego, a la vuelta de septiembre, en la oficina. El tipo medio, sí, el que sujeta su cara derretida sentado en el metro y que ahora mismo disfruta el calorcillo de su solapa recién levantada…, el espécimen de manada morador de toda clase de isla y continente, tan sólo exige colchón, analgésico y pantalla.

Ladrones de segundos

La extrañeza, entendida como asombro o pasmo que resuelve en creatividad la barrera habitual de cuerpos, trámites, protocolos, síes – ¡pase usted primero! ¿quién es la última? ¿han visto a mi perrita? – tiene su propia deuda: ceder para ser entendido, ejemplificar, ponerse en lugar del otro. Conceder tiempo y carita de interés a este grupo de ladrones de segundos, de anodinos vampiros de silencio, desgasta tanto como una ducha de ácido sulfúrico. ¡Cuán curativa es a veces la soledad!

Por otra parte, el extraño posee una precisión natural para derribar los monigotes que le tientan desde la barraca de tiro al mono, aunque sólo la utiliza si el ruido le empuja hacia callejones y rinconeras donde lamerse los perdigonazos de los mediocres. El extraño es creativo por naturaleza, no le queda otra, debe resolverse en certidumbres y eternidades (habitualmente efímeras). La duración está plagada de picores y desarmonías. Es causa conocida que los “raros” se alisten a este nuestro piquete de desbrozadores. La luz suele citarnos tras un tamiz de zarpazos.

¿Por qué seremos tan fieles a nuestra extrañeza? ¿Qué elixir de inalcanzable amor eterno, qué profecía, nos ha perturbado hasta el extremo de aceptar el naufragio como brújula y aldaba para surcar la niebla de nuestra lucidez? Nuestra hiriente, aunque honesta, lucidez.



Sobre el arte de extrañar por Juan A. Díaz Iraeta (Texto y fotos) se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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