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Perplejidades (I): De apellido Sapiens

Esta es la historia de una persona cualquiera, es decir, la de una persona sin historia. Su sexo no es significativo. Nada cambiaría si fuera hombre o mujer. Esa persona puedo ser yo misme, aunque pudiera ser que no lo fuera. Todes somos une y varies, madres, hermanes, tíes, abueles… de la misma familia; somos de la misma patria o estado, del mismo continente, de la misma Humanidad. Nos une mucho más el pasado que el presente o el futuro. Los muertos no pueden hacer daño. De algunos heredamos y de otros nos disputamos sus herencias. Los muertos, cuanto más antiguos, más grandiosos; cuanto más lejanos, más venerables, más de todos. ¿Y tú, de quién eres? Yo soy de Homero. Genéticamente, puede ser discutible, pero por proximidad y por herencia literaria, cualquier mediterráneo que haya leído y estimado sus obras se hace acreedor del Odiseo. La estirpe cultural nos otorga pátina de nobleza, corregida y aumentada si se orna con un título universitario, un doctorado en interpretación de formas métricas de la poesía griega, dos o tres publicaciones eruditas y un artículo de opinión en El País; entonces ya sería la ostia, pues optaríamos a hijo putativo de varios padres a elegir: Aristoxéno, Aristófanes, Hefestión, Píndaro, Teócrito; o de madres como Safo de Mitilene o Hipatia de Amenábar. Haríamos uno o varios viajes al Ática, pisaríamos Ítaca, releeríamos a Cavafis y en Creta recogeríamos una piedra del laberinto de Minos con la que niños antiquísimos y modernos jugaron a la piedrota. La piedra, engrosaría nuestra colección de fetiches autobendecidos.

Busto romano de Homero del siglo II d. C., basado en uno griego original que data del período helenístico. Museo Británico de Londres.

La estirpe cultural nos otorga pátina de nobleza, corregida y aumentada si se orna con un título universitario, un doctorado en interpretación de formas métricas de la poesía griega, dos o tres publicaciones eruditas y un artículo de opinión en El País .

Figurantes del planeta Tierra

Gracias a todo esto, disfrutaríamos de una alcurnia documentada de dos mil quinientos años de antigüedad. Aún es poco, y qué pasa si estudiamos Informática y la cultura clásica nos trae al pairo. ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? Mi religión es la ciencia. El gen es indestructible. Frente a la reencarnación de los budistas, nosotros, los españoles, hemos tenido el bululú, el ñaque, la gangarilla, el cambaleo, la garnacha, la bojiganga, la farándula y la compañía: uno o más actores interpretan varios personajes en una multiplicidad de obras dramáticas inmortales. Así es la vida contemplada desde cierta distancia, desde la distancia de Dios, por ejemplo. Yo mismo he sido jinete de la hetairoi de Alejandro, fariseo en el templo de Herodes, calavera del osario de Wamba, siervo de la gleba con Ordoño II, Aldonza Lorenzo, lasquenete de la casa de Austria, cortesana de Luis XV, la tía Tula, etc., y figurante de soldado que entra y sale varias veces de bambalinas a escena engrosando la tropa de Radamés, en Aída. El gran teatro del mundo. Aquí, Calderón de la Barca la clavó. Somos figurantes del planeta Tierra mortalmente repetidos. La vida es un carnaval tras otro donde se intercambian los trajes y las caretas; un baile de salón con intercambio de parejas. Los caballeros portan delicadamente entre los dedos el inmaculado pañuelo de la virginidad. Esta es nuestra transcendencia. Evidentemente, todes, incluso les del psiquiátrico, preferimos recordar que encarnamos a la reina de Saba o a Leonardo da Vinci, o que fuimos abducidos por extraterrestres después de darle el ultimo remate a la pirámide de Keops.

Frente a la reencarnación de los budistas, nosotros, los españoles, hemos tenido el bululú, el ñaque, la gangarilla, el cambaleo, la garnacha, la bojiganga, la farándula y la compañía: uno o más actores interpretan varios personajes en una multiplicidad de obras dramáticas inmortales.

Está comprobado que gracias al progreso de la Medicina los occidentales vivimos más. Pero vivir más años no implica vivir mejor. Los condenados a cadena perpetua en estos días van a permanecer encerrados entre veinte y treinta años más que quienes recibieron esa pena a principios del pasado siglo. Su vejez será más larga y solitaria. Por más amigos que hagan, más amigos perderán a medida que por cumplir condena vayan siendo puestos en la calle.

La desesperanza del ateo

Importa, entonces, la calidad de vida, una vida con ISO (Organización Internacional para la Estandarización/Normalización): trabajo, casa, coche, ahorros, servicios sanitarios y alguien que te haga cosquillas de risa o de escalofrío. Pero la calidad de vida nunca será óptima sin una ISO de la calma (es decir, la International Organization for Spirituality) y en dicho campo la Medicina no hace milagros. Este es un terreno de minas o de doctrinas reveladas, de fé, caradura y tradición. Las más modernas – mormones, testigos, evangelistas, cienciología…-, como es obvio, carecen de este último atributo, pero lo compensan redoblando el anteúltimo. Se aprecia en las ciencias, no obstante, un esfuerzo creciente de aventura más allá de los límites probabilísticos. La comunidad científica es consciente de la desesperanza del ateo que se lo juega todo cada semana a las apuestas del Estado. Se sabe de físicos que antes de exponer la teoría del entrelazamiento cuántico oyen misa. De qué otra manera si no – discurren – defenderían la comunicación instantánea entre dos partículas idénticas del uno al otro confín del universo. Esto es como si a tía Choni y tía Paqui, que eran melgas y en gloria estén, las situaran a una en la constelación de Orión y a la otra en Alfa Centauri. Kim Yong-un tardaría menos en hacer el camino de Santiago a pie desde Pyonyang, que la luz en unir ambas regiones estelares. La mecánica cuántica conoce un atajo, pero sólo lo asegura de boquilla. Demuestren que si a tía Choni le diera un sopapo mi abuelo en Orión, antes de retirar la mano, tía Paqui ya estaría llorando en Alfa Centauri sin saber de dónde le vino la ostia. No me pongan esa cara señoras y señores apóstoles de la pedagogía híper perfecta. Mis tías fueron educadas en el Montesori de Falange. ¡Oh, tempora! ¡Oh, mores! Era otra época. Se distinguía entre maltrato y violencia. La violencia estaba institucionalizada. El servicio militar era obligatorio. Qué les voy a contar. Llevamos una venda en los ojos, la mía es de Calvin Klein. Yo, a menudo hago trampa y miro.

Cráneo incompleto de Homo antecessor. Gran Dolina. Yacimiento de Atapuerca (Burgos), España. A la derecha (arriba), reconstrucción del cráneo Niño de la Gran Dolina (Museu d’Arqueologia de Catalunya, Barcelona).

¿Alguno de ustedes recuerda haberse comido a una antecessor? ¿Alguna, haber sido devorada? Algo así no se puede olvidar. Y, sin embargo, lo extraordinario del caso es que hace diez mil siglos estábamos danzando en Atapuerca.

De apellido Pérez

Hablaba del consuelo metafísico en los avances de la Ciencia e iba a citar de memoria una noticia que en su día me conmocionó; se titulaba: Hallan los restos de un homínido que vivió hace 900.000 años. El hallazgo tuvo lugar en la Sima de los Huesos, una fosa común particularmente fecunda de la sierra de Atapuerca. Los directores del yacimiento, en un alarde de competencia forense, dictaminaron que aquello correspondía a una hembra joven víctima de canibalismo. ¡Imagínense, en Burgos! ¡Si está aquí al lado! ¿Alguno de ustedes recuerda haberse comido a una antecessor en aquella fecha? ¿Alguna, haber sido devorada? Algo así no se puede olvidar. Y, sin embargo, lo extraordinario del caso es que hace diez mil siglos estábamos danzando en Atapuerca; ni puercas había, que de haberlas más carnes hubiera y no ya la humana. ¿Se dan cuenta? Yo pensaba que había sido enviado a este mundo como un mero portador del apellido Pérez, Toma, querido, no lo pierdas y pásalo. Ahora somos muchos, pero dentro de un millón de años seremos ninguno, ni la Big Data estará para pasar lista. Mis restos se habrán convertido en piedra, y todo lo de mi alrededor también, en adorable y venerable aliento petrificado, en osamenta de planeta. Qué importancia tendrá para quien halle mis restos si hice bien o no en terminar la carrera. Me pasará un cepillito por el anodino cráneo, tomará medidas y lo levantará con apostura de Hamlet exclamando: No hay duda, es un sapiens. Como cosita suya seré e imaginará estar viéndose a sí mismo un millón de años atrás en el acto de escribir la inmortal obra de Shakespeare.

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