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La sociedad necesita a los anormales

Leonardo da Vinci, Isaac Newton. Charles Darwin, Ludwig van Beethoven, Fiedrich Nietzsche, Edvar Munch, Robert Schumann, Virginia Woolf, Edgar Allan Poe, Franz Kafka, Manuel de Falla, Albert Einstein, Nikola Tesla, John Nash, Jon Iraeta.

Ser anormal no es fácil. Hace falta mucha vocación o estar loco o no tener más remedio que ser anormal. Que la anormalidad sea un remedio es algo que normalmente se verifica pasado mucho tiempo. Un anormal es un inútil para los normales y para sí mismo, puestos a comparar. Sólo la madre Naturaleza lo bendice como algo especial de su vientre caníbal. Cuando la Naturaleza amanece creativa, pare un anormal; cuando tiene miedo, excreta un anormal; cuando no sabe lo qué hacer, cuando está distraída, cuando yerra un cálculo, cuando porque sí.

El anormal en vida es un consuelo de normales; el depredador mata el rato con él. Tampoco se crean que entre anormales hay mucha solidaridad, que sería lo normal. Suelen agruparse para mirar a la luna – guardando las distancias – los melancólicos con los depresivos y los autistas con los Asperger, pero los anormales de distinta tara no se soportan entre sí.

Anormales de clase

Yo he tenido – todavía conservo alguno – muchos amigos anormales. Los podría enumerar: quince. Cada uno tiene su cosa fantástica y todos el denominador común de ser considerados un fracaso familiar. Cada uno posee un talento; puntualizo, a cada uno lo posee un talento, pues carecen de dominio sobre él. Como es previsible, hay anormales de muchas clases; los de las clases altas no me interesan en este momento. Su anormalidad está asegurada de por vida. Es una anormalidad que destiñe en cuanto contentan al apellido con un título en Derecho o una oposición a la Administración del Estado. Después vuelven a lo suyo, se entregan a la bebida y a las píldoras; excepcionalmente, añaden una orla de laureles literarios o una tasación multimillonaria en la casa de subastas Sothebys al marchamo mercantil de la familia. La sociedad redime a los anormales que entran a formar parte del Producto Interior Bruto. No serían excepcionales sino fueran la excepción.

En la contradicción de los santos. Óleo sobre lienzo. Jon Iraeta. (Foto A Desmano)

A mi espalda le pasa la lengua un soliloquio de amigas y un guajiro de guayabera y pantalón blancos que se cruza, habituales desconocidos, también. El Café es un sanatorio. Virgen de Agosto. Hoy invita la Seguridad Social, seguramente.

Invocaciones

Invoco al anormal desconocido, al que crece en los baldíos, al que de los baldíos se expulsa a la cuneta. A estos anormales que toman café aquí al lado; se hablan utilizando el código de signos. No pueden escuchar la música que crea ambiente entre las mesas vacías, ni se imaginan que sus boqueos de pez y sus gestos puedan estar haciendo el playback de una canción. A aquella anormal hierática de estatuaria pose, de académica expresión benzodiazepina. Está enfrente de mí, acepta que tome apuntes de su modelo. Los camareros me observan. Una clienta a quien nadie ve se acerca a pagar la consumición de la mesa siete. En el extremo contrario de la barra se ha materializado una esfinge de ojos claros como dos bolas de cristal. Estudio su robótica. Quisiera escuchar las voces que escucha. A mi espalda le pasa la lengua un soliloquio de amigas y un guajiro de guayabera y pantalón blancos que se cruza, habituales desconocidos, también. El Café es un sanatorio. Virgen de Agosto. Hoy invita la Seguridad Social, seguramente.

¿Podremos algún día repetir un sueño habido como si releyéramos el párrafo de una novela?


Invoco al anormal que llevo dentro; mejor dicho, al que me lleva a mí, no he conseguido sujetarlo. Qué temporadita me está dando su resfriado, las fiebres intermitentes, el anciano cansancio. Mi abuela y mis tías se decían: «¡Me pones neurasténica!» y luego: «¿Has visto el Optalidón?».
Esta mañana la calma azul del cielo ha descendido al suelo en la terraza donde se sirven desayunos, allí una gorriona mete en el pico de su gurriato miguitas de bollería mientras, de pie, la pareja estacional de este verano se besa extendiendo el mantel para la noche. Me hubiera gustado seguir la historia de ese beso soñándolo. Anoche mismo, hubiera querido seguir la historia de otro beso distinto, pero no volvió. ¿Podremos algún día repetir un sueño habido como si releyéramos el párrafo de una novela? En la vida de los sueños, lo que se recuerda al día siguiente no se consuma, la trama queda interrumpida, igual que ocurre en mis sesiones incompletas de televisión. El sueño que se desvela, se anhela. De forma más o menos consciente, busco una experiencia real que se le parezca y, cuando la encuentro, la prosigo hasta el límite o hasta donde pueda. Al sueño interrumpido le gusta reconocerse en la trama de la próxima película que dejaré incompleta y sobre la que soñaré el final del beso que esa pareja de la terraza dio de comer a los pájaros.

Géneros. 1946. Francisco Pino (De la exposición antológica mostrada en Urueña, Valladolid, 2018) (Foto A Desmano)
Poema objeto. Desechos de poemas en papel sobre tablero. 1983. J.M.V. (Foto A Desmano)

Pues está escrito…

Todos los libros publicados y los que estén por publicar, las fórmulas matemáticas calculadas y las que se calculen, las ideas geniales y las estúpidas, lo que se sabe y lo que falte por saber, está escrito en nuestro ADN. Las circunstancias perigenéticas que cada cual pueda añadir al código en el transcurso de su vida, también están escritas. Yo así lo veo. Antes de la evidencia científica descubierta en 1953, se expresaba en los libros bíblicos con fórmulas del cariz: «Pues está escrito…» La poesía combinatoria indagaba en el misterio del avance humano manipulando y disponiendo elementos mínimos significantes de formas alternativas, del derecho y del revés. Lo empiezan haciendo los niños, es innato. Andar erguido, en cambio, resulta de un aprendizaje. Lo normal siempre es lo más probable, pero no excluye a lo anormal, que es lo menos prevalente. Cuando lo normal se conjuga con lo anormal suceden cosas insospechadas, a menudo desgracias, contratiempos, pero en determinados casos una anormalidad precipita un descubrimiento que por la vía de lo normal no se hubiera alcanzado nunca o sólo después de varias generaciones. Incluso en el anormal peor dispuesto a la supervivencia, el ojo clínico hallará una oportunidad de conocimiento progresivo.


La vida es un poema interminable* donde lo normal durante siglos fue la métrica y la rima pautadas. Los borrones y las morcillas caían al cajón de las virutas y de ahí al brasero. Con las vanguardias y la calefacción eléctrica todo lo anormal fue convertido en quintaesencia creativa, el verso suelto, el verso libre, el verso bruto, el sincopado, el afónico, el verso dado la vuelta y el cïrcůnflejô. Porque la genialidad nunca es normal y porque la normalidad no sería tal sin anormales. Tómenlo como prefieran.

La vida es un único verso interminable (De Ángelus, Imagen, 1922. Gerardo Diego).

Licencia de Creative Commons


Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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