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Adrián Schvarzstein, Teatro de la bonhomía

Actuación sobresaliente de un ñaque hispano-lituano en Valladolid

El teatro de calle tiene una facilidad que, a la vez, es una dificultad: la multiplicidad de los escenarios posibles. Cada escenario aporta una escenografía propia y condiciona la elección de elementos escenográficos complementarios. La iluminación puede ser natural – habrá que estar de acuerdo con la hora solar y las condiciones climatológicas -, artificial o una combinación de ambas. El público, aunque puede ser convocado, cuya consecuencia favorable es la de contar con su predisposición al papel de espectador, será en cierta medida accidental y, por ello, imprevisible. Estas tres condiciones principales se complican si la representación se plantea en la modalidad de pasacalle a lo largo de centenares de metros, con paradas en escenarios casuales que han podido ser supervisados con anterioridad por los comediantes con el fin de limitar las opciones de improvisación, pero sobre los que no se dispone de mando en plaza. Entre los asistentes y concurrentes, además, han de salir los actores secundarios y figurantes que requiera el espectáculo. Los cómicos deben conseguir que una parte de su trabajo la hagan voluntarios de mucha, poca o ninguna vergüenza pagados de sí mismos por el mero hecho de participar. Un desafío múltiple.

Momentos iniciales de la llegada o Arrived. (Foto A Desmano)

Calle Mantería de Valladolid

Adrián Schvarzstein, ahí donde lo ven tirando de una maleta de cartón por esos pavimentos de Dios y de Lutero, es un español nacido en Argentina, formado en Commedia Dell’Arte, actor, director de teatro y de circo, y colaborador en producciones de ópera, teatro y televisión

Un reto multidisciplinar si hablamos, como es el caso, de una compañía teatral de dos o ñaque, según calificación del escritor y actor barroco Agustín de Rojas (Madrid, 1572- Paredes de Nava (Palencia) ¿1634?), que ha caminado con esta obra, Arrived, por muchas calles de Europa. Adrián Schvarzstein, ahí donde lo ven tirando de una maleta de cartón por esos andurriales de Dios y de Lutero, es un español nacido en Argentina, formado en Commedia Dell’Arte, actor, director de teatro y de circo, y colaborador en producciones de ópera, teatro y televisión. Ha trabajado con diversas compañías europeas y, durante doce años, giró por el mundo con el Circus Klezmer, del que fue director.

Yo no sabía nada de esto cuando asistí por pura intuición artística a su recorrido por la calle Mantería de Valladolid, el pasado 25 de mayo. No hacía falta saberlo. Desde el primer momento, no hubo presente ni transeúnte – excepto uno, podrán verlo en el vídeo – que no captara su magnetismo y la técnica depurada de actor del mudo impresa en cada uno de sus movimientos. Y de Jurate Sirvyte-Rukstele, otro tanto (¿Cómo se pronunciará Jurate en lituano?). Ella es bailarina, coreógrafa y directora de teatro especializada en danza histórica. Ha participado en varias coreografías para producciones de ópera barroca en diversos auditorios, entre ellos, la Ópera Nacional de Letonia y el Palacio de los Grandes Duques de Lituania. En Arrivated gira con la afectada delicadeza que permitía el recato en las familias judías del Berlín de entreguerras.

La felicidad es un imposible de la melancolía

La felicidad es un imposible de la melancolía. Para mí, que este concepto se lo inventó alguien que no sabía lo que quería. Nunca nos pondremos de acuerdo en su definición ni en cuál es el camino que la alcanza. Suponiendo que exista, los buenos sentimientos son un ingrediente que no puede faltar. Están en todas las religiones, seguramente, porque todas prometen la felicidad, pero, lo mismo que los libros y predicaciones de autoayuda, fallan al culpabilizarnos si erramos en el intento. Ellas y ellos lo tienen muy claro, son perfectos, por eso cobran y no admiten devoluciones. Entonces, lo que sigue es la resignación, el concepto de lo efímero, la vida se deprime todos los días al ponerse el sol, la gente cuando cierran los cementerios. La felicidad es la sonrisa de un niño desembalsando papilla por la boca cuando aún no le ha dolido la tripita; la felicidad es mucha mamá; la felicidad del sexo consiste en que te hagan mamá o en hacerlo posible. Una vez logrado este objetivo, los papás sobran la mayor parte del día (se puede prescindir del complemento directo de esta última frase) y las mamás fían toda su felicidad de mamás a los vaivenes de la crianza.

La valla de la extranjería ciudadana

La felicidad no existe, pero existen las felicidades. El caso es que los buenos sentimientos no se bastan solos para hacerte feliz, ni las felicidades afloran sólo porque les vengan con buenos sentimientos – que son dos maneras de decir lo mismo, estilísticamente útiles, nada más -. Sin embargo, hay dos desencadenantes que facilitan las cosas. Primero, que los buenos sentimientos lleguen por sorpresa y, segundo, que vengan de lejos, siempre y cuando: estén interpretados con sinceridad y no se pase la gorra. (Estaba pensando en un problema que nos hace infelices: la inmigración y los refugiados clandestinos). Esto es en esencia lo que hacen los personajes que interpretan Schvarzstein y Jurate. Son extranjeros, trazas de centroeuropa, vienen de otra época, traen una cultura en la maleta que suena a música del género Kolomyka, es alegre, bailable. Tienen que pedir ayuda para saltar la valla que separa la carretera de la acera, la valla, la frontera, el muro.

Son extranjeros, trazas de centroeuropa, vienen de otra época, traen una cultura en la maleta que suena a música del género Kolomyka.

Seguirán pidiendo a las personas del trayecto permisos, ayudas y cooperación para cándidas diversiones más propias del ámbito íntimo o familiar que público. Implícitamente, lo que se está pretendiendo en cada una de las pequeñas aventuras de la obra es que los espectadores salten la valla de extranjería que mantienen frente a cualquier desconocido para jugar al trato amigable entre ellos. Y de estos juegos inesperados, inconcebibles, arriesgados, entre abrazos, besos y sonrisas que sólo unos animadores geniales consiguen provocar, surgen los buenos sentimientos, la diversión y la liberación de todas esas tensiones que produce el extrañamiento. Sólo cuando se sueltan, nos damos cuenta de cuánto pesaban y de que las cargábamos.

Las locuras bondadosas e ingenuas de niño realizadas por adultos divierten, ya ven las caras, más a los mayores que a los pequeños. (Vídeo A Desmano)
Licencia de Creative Commons


Schvarzstein, teatro de la bonhomía by Jesús Mª Ventosa is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en adesmano.media.

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