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José Luis Kaele, jazz de sonakay

Un asombroso talento irrumpe en la escena musical española

Quien quiera que tenga lejos los dieciocho años, quien quiera que los tuvo con una pasión estampillada en el sentido, con la imaginación proyectada hacia un horizonte inabarcable puede volver a ellos, mal que bien, recuperando recuerdos e intentando que encajen como en un puzzle imposible ya de resolver. A veces, surge la sorpresa e, inesperadamente, encontramos una pieza perdida. Un joven de esa edad se planta ante nosotros, nos llega el aire de un cuerpo espigado, fijamos una mirada franca e inquieta y una voz de pocas palabras segura de sus sentimientos que confiesa: Se puede encontrar música en la naturaleza, en el tumulto de las ciudades o en las personas, porque la música es vida. Todo lo que escuchamos puede ser música.

Dice que se recuerda con cuatro años dándole a un piano de juguete. (Esto ya de por sí es un avance. El músico de vanguardia estadounidense John Cage hizo lo mismo a los 36) José Luis Jiménez Jiménez, Kaele, es pianista por la gracia de Dios, como se rezaba en otros tiempos de quienes venían al mundo con un don, y ya se les notaba tomando el pecho a compás. Eligió el piano, no por nada en especial: Si por mí hubiera sido, habría tocado el piano, el bajo, la guitarra acústica y la batería, pero mis padres no me compraron ninguno de esos instrumentos. En mi casa había un piano y a eso me dediqué.

Los gloriosos de Kaele

Como al galgo, y más si es castellano de Valladolid, de casta le viene a Kaele, hijo y sobrino de músicos, cierto que no flamenco como ellos, aunque haya sido acunado a palos jondos, que son unos palos que dan y que quitan el sentío. Lo suyo es el jazz, el free, el smooth, el funky y lo que venga. A mí me dan un pollo y, en un alarde de virtuosismo, les preparo un caldo, un guiso, unas pechugas y unas croquetas. Si se lo dan a Ferrán Adriá, les hace un escabeche de ángel con las alas a punto de nieve. A José Luis, que come poco últimamente y anda un tanto flaco, denle mejor como alimento una melodía; se la pueden silbar, con eso será suficiente, de la melodía sacará un concierto en cuatro movimientos: concierto nº 1 a la gloria de Chano Domínguez. Y, si al día siguiente se la vuelven a silbar, les hará el concierto nº2 a la memoria de Thelonius Monk, y el tercero a la de Chik Corea siempre y cuando no se le crucen Bill Evans, Óscar Peterson o Michel Camilo, por citar sólo a algunos de sus gloriosos.

José Luis Jiménez sueña con verse dentro de unos años en lo más alto como un artista más del repertorio de festivales y conciertos. (Foto Seventhe.es)

Está acostumbrado a aprender solo, a tocar solo y a no tener novia confiado en su suficiencia, pero ya ha tomado las medidas oportunas para no dejarse llevar, al menos, por los dos primeros vicios.

Chazz desde los doce años

Al niño le fascina el chazz, como dice su abuelico, qué le vamos a hacer: El jazz me llamó muchísimo la atención cuando tenía doce años, y hasta hoy. Siempre me ha parecido una música muy abierta y muy avanzada; muy, muy interesante, ¡qué te voy a decir! Está acostumbrado a aprender solo, a tocar solo y a no tener novia confiado en su suficiencia, pero ya ha tomado las medidas oportunas para no dejarse llevar, al menos, por los dos primeros vicios. Acude con cierta regularidad a clases de perfeccionamiento con la profesora de piano Olaya Hernando y ensaya en cuarteto junto a otros tres músicos: Níguel, contrabajista de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, Dieguito, batería de Celtas Cortos y Poncho Corral, violinista. Con esto y todo, sus proyectos inmediatos siguen siendo el trabajo diario ante sus teclados, actuaciones en clubes o en escenarios allá donde salgan y la preparación de un disco en solitario, pero bien acompañado de padrinos y colaboradores para el próximo invierno. Los estudios de grabación no son para el verano.

El jazz me llamó muchísimo la atención cuando tenía doce años. Siempre me ha parecido una música muy abierta y muy avanzada

Este próximo fin de semana sube a Santander para hacer unos bolos y ver el mar: He visto el mar sólo una vez en la vida. He viajado muy poco. Sólamente, lo vi una vez cuando tenía nueve años en la playa de Matalascañas, en Huelva. Me acuerdo perfectamente. José Luis, hijo, qué vida más bonita tienes por delante; en oficio de artista y con talento ¡Cuántas nuevas sensaciones por descubrir! Sólo por recuperar alguna que otra pieza de ese puzzle de los dieciocho que mi memoria no completa, seguiría a trechos tu camino haciéndote reportajes de las cien primeras cosas que vas a ver o a sentir por primera vez en los próximos meses. No es necesario que en las entrevistas des respuestas redondas, ni que compongas titulares con frases para la historia del bop. Para eso estamos los plumillas con resabios y ojo cetrero.

Un paisano suyo del siglo pasado, leyenda de la danza española, más autodidacta aún que él, pues no sólo se inició en el baile por ciencia infusa, sino que aprendió a leer y escribir preguntando a la gente, cierta vez que se hallaba en una tertulia parisina de artistas e intelectuales exiliados de la dictadura de Primo de Rivera se acercó a Unamuno, el del Sentimiento trágico de la vida, sincerándose: Don Miguel, estoy preocupado porque tengo muchas faltas de ortografía. A lo que el escritor bilbaíno contestó: Vera usted, Escudero, en realidad la ortografía es sólamente un estorbo. Usted tiene cosas más importantes de qué ocuparse. El tal Escudero era Vicente Escudero Urive, autor de textos tan sabrosos como Mi baile y Decálogo del baile flamenco.

*Sonakay: oro, en lengua calé.

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