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El Butoh, el Flamenco y la Danza española

Yukiko Nakamura fascinó desde el suelo de Valladolid

Esta historia termina en 2019. El pasado 24 de mayo terminó, en el Atrio de Santiago, en la calle, con Yukiko Yakamura por los suelos, dentro del Festival Internacional de Teatro de Valladolid. Prohibido tomar fotos o grabar durante la representación, de lo contrario la danzante se levanta y ese día no lo cobra. Yo desobedecí, carné de prensa, autónomo. Yukiko no se enteró, ni prácticamente nadie. Juro que apenas se me aceleró el corazón treinta segundos. Acto seguido, volví a penetrar en el trance. Peor la joven que tenía a mi derecha, estuve a punto de denunciarla. Leía y enviaba mensajes de whatsapp. Así es imposible, Yukiko. Los dos sabemos que la dispersión es exactamente lo mismo que hace el viento cuando sopla en la hojarasca. Y en verano, la dispersión es lo mismo que salir a cazar chicharras en un pinar. Y en primavera, no enamorarse de inmediato.

Yukiko Nakamura y el violinista Sebastien Egleme al término de la actuación en el Atrio de Santiago (Valladolid). (Foto A Desmano)

La gallina estrangulada

Lo contrario de la dispersión es la piedra o, como decían en las reuniones de los cuadros intermedios de mi época, los mediocres, la concreción, es decir, el cálculo biliar. La mayoría de las personas dispersas necesitan reunirse regularmente para llegar a la concreción a mano alzada. Tatsumi Hijikata horrorizó al público japonés en 1959 estrangulando entre sus piernas a una gallina para decir: señoras y señores, esto es el Butoh, la danza que he creado. Conviene entender que a cierto número de japoneses perder la guerra les dejó fatal. Quienes se vieron con las cuencas de los ojos reventadas en Hiroshima y Nagasaki no pudieron mirar hacia adelante. Hijikata quiso expresar que en un gallinero no hay dios ni santo que se concentre en la creación (esto lo digo yo por mi cuenta y riesgo.

La lentitud del cuerpo y el nervio del violín

Yukiko no dibujó una línea recta en treinta y cinco minutos, ni tan siquiera las dos veces en treinta y cinco minutos que se puso sobre los dos pies ofreció una figura erguida. Tal vez, recorriera dos metros en todo ese tiempo toda ella vestida con un sudario de baba blanca. ¿Qué hacía, nacer o resucitar? Tampoco estaba muerta, pues no paraba quieta. Podríamos debatir si se daba prisa o no cambiando de postura en la crisálida, si un brazo había brotado de su semilla con clima clemente o tras sequía, o qué emociones son posibles si el corazón lo tienes en la luna. Yukiko en la luna y la gente mirándola desde aquí abajo. O un niño en la cuna mirándose los dedos, si tú le miras y eres capaz de hacerlo un largo rato sin mirar la pantalla de la hojarasca.

A Yukiko le tocaban el violín. ¿Qué sonaba? ¿Sonaban sus nervios o sonaban sus intestinos? Si sonaba el tráfico de los días desde la altura de un planeta viejísimo, esa niña estaba cruzando a gatas una autopista durante el puente de la Constitución. Recordé a Kazuo Ohno bailando con una música igualmente distinta. Era lo que escuchaba un oído pegado a la boca de un túnel desierto que atravesaba una cadena de montañas. Era eso y era lo que escuchaba ese mismo oído, aquí y allá, a través de las paredes de ese mismo túnel. Temo deserciones en la lectura. También le he escuchado, no os destempléis, haciendo Butho con el Nocturno nº3 de Liszt Sueño de amor, y con la tocata y fuga para órgano de J.S. Bach. Lo que a ninguno se le ha ocurrido aún es dejarse acompañar por cante jondo* (Caso de que esté metiendo la pata, envíenme un escarmiento). Al Butho le va el cante gitano, que le canten por tonás, que le canten por tarantas, por soleá y por siguiriya.

A La Argentina le decían La Reina de las castañuelas, tal era el virtuosismo inimitable que demostraba con estos instrumentos de pasado inmemorial.

Busquen en las fantasmagorías de Ohno el hueco que las castañuelas de la hispana dejaron en sus manos desgarradas, decidan si los brazos que alza describen el orto o el ocaso de la melancolía que fue o será orgullo, flor, despertar o sueño; descúbranlo vestido de mujer con traje de larga cola, y terminen en su final: La Argentina Sho.

Kazuo y La Argentina

A los japoneses les gusta el flamenco, esto no es nuevo. Si Tatsumi Hijikata inventó el Butho o Danza de la Obscuridad Absoluta, Kazuo Ohno ha sido su intérprete más aclamado. Ohno era un atleta de familia humilde que iba para profesor de gimnasia. En 1926, con veinte años, le llevaron a ver una actuación de Antonia Mercé La Argentina en el Teatro Imperial. Aquí se cayó del potro. Quedó prendado. Para los restos. ¿No lo sabían? Ya lo saben. Ahora vayan a repasar sus grabaciones históricas. Vayan también todos esos practicantes que se mueven haciendo el zombi. Busquen en las fantasmagorías de Ohno el hueco que las castañuelas de la hispana dejaron en sus manos desgarradas, decidan si los brazos que alza describen el orto o el ocaso de la melancolía que fue o será orgullo, flor, despertar o sueño; descúbranlo vestido de mujer con traje de larga cola, y terminen en su final, en la obra maestra que paseó por Asia, Europa, América del Norte, del Sur y Oceanía bailando más allá de los 90 años: La Argentina Sho (Admirando a La Argentina).

1926 en Japón. Un año antes, el 22 de mayo, Antonia Mercé, «la Pavlova del baile español», como se la llegó a presentar en Europa, estrenó en París junto a Vicente Escudero El Amor Brujo, de Falla. Este ballet los consagró a ambos y la fecha de su presentación quedó para hito de la coreografía española. Aquí empezó en mi cabeza esta historia entre fogonazos de magnesio. El XXº Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid incluyó una compañía (Varuma Teatro) que recordó al bailarín vallisoletano con la obra Decálogo de Vicente Escudero. Espero dedicarles a ambos una próxima reseña para seguir en danza. De La Argentina, cuyo padre también nació en Valladolid (Fue primer bailarín y maestro coreógrafo del Teatro Real de Madrid) me despido con una selección de frases del elogio que Federico García Lorca escribió en su honor el día que se la presentaba en el Cosmopolitan Club de Nueva York (1930). Antes, voy a ceder a la tentación melodramática de recordar el día de su muerte.

La fecha fatídica del 18 de julio

Tenía 45 años. Estaba atravesando una temporada delicada de salud y descansaba en su villa de Miraflores, cerca de Bayona. Consiguió el permiso de su médico para asistir a una exhibición de danzas vascas en San Sebastián donde se le quería tributar un homenaje. La fecha: 18 de julio de 1936. Todo fue como tenía que ir (es decir: no dispongo de más información). De vuelta en casa, recibió la noticia del alzamiento militar contra la República. Al momento siguiente se desplomó pronunciando estas últimas palabras: ¿Qué me sucede?

Vicente Escudero en una de sus poses características.
Antonia Mercé, La Argentina.

El arte de la danza es una lucha que el cuerpo sostiene con la niebla invisible que le rodea (…)

Llenar un plano muerto y gris con un arabesco vivo, clarísimo, estremecido, sin punto muerto, que se pueda recordar sin maraña: he aquí la lengua de la bailarina. Pues bien, nadie en el mundo ha sabido escribir en el viento dormido este arabesco de sangre y hueso como Antonia Mercé. Porque une a su intuición nativa de la danza una inteligencia rítmica y una comprensión de las formas de su cuerpo que solamente han tenido los grandes maestros de la danza española, entre los que yo coloco a Joselito, a Lagartijo y sobre todo a Belmonte, que consigue con formas mezquinas un perfil definitivo que pide a voces el plinto romano.

Debiera ser suficiente cita la anterior y ya, si me ciñiera a criterios periodísticos, pero en este espacio mando yo, con el permiso de vuestra paciencia. Todavía quiero añadir otro párrafo de aquella introducción lorquiana a La Argentina en Nueva York, que me toca por los cuatro costados, el de la danza, el del arte flamenco, el de la tauromaquia y el de su autor, poeta a mi cabecera durante tantos años:

Y lo mismo que en el cante jondo andaluz están superados en complejidad, inteligencia y riqueza musical, los viejos cantos orientales, oscuros y llenos de monotonía, en la danza española se acusa de manera más fuerte el perfume de las antiguas danzas religiosas del Oriente con toda la cultura y la serenidad y la medida del Occidente, mundo de la crítica. Pero lo maravilloso de la danza española es que en ella, como en el cante jondo, cabe la personalidad, y por lo tanto la perenne modernidad y el genio. Una bailarina actual de la India, aparte de su gracia personal humana, baila como siempre han bailado y, en general, bajo las normas de siempre. Una bailarina española o un cantaor o un torero inventan, no resucitan, crean. Crean un arte único que desaparece con cada uno y que nadie puede imitar.

*La danza del siglo XXI tiene un artista genial que ha querido ser depositario de tres herencias cardinales: del sur y como baile madre, el Flamenco; del norte, Nijinsky y las vanguardias europeas de los veinte del veinte, y del este Kazuo Ono y el Butoh. Me gustaría cerrar esta rosa de los vientos apuntando hacia el oeste, quizás a la «fortuna del tío indiano» Merce Cunningam, pero no estoy en condiciones de defender ese legado en este momento. El artista aludido es el bailaor español Israel Galván. Por lo que se refiere al cante, sólo he encontrado una performance alojada en un sitio brasileño que investiga y experimenta con el Flamenco donde se combinan elementos de Ono, de flamenco, mimo teatral, aires del uno y del otro, y un fondo musical de Agujetas de Jerez cantando por martinete. No hay por dónde cogerlo, no obstante os facilito la dirección para que juzguéis por vosotraes mismes, si os place abrir ese juicio: http://patapalo.org/ohnoflamenco/video

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