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Zambra pasionaria

Valeria Navas, de Puente Genil a Valladolid dando la vuelta al mundo

Hay artistas que tienen espíritu pionero. Mientras el Destino discute con las musas si es España la que se queda pequeña para ellos o son ellos quienes no cuentan para España, el arte les encarga hacer las maletas y sacar billete hacia el porvenir. Valeria Tejero obedeció la voz. Atrás dejó, y deja, y dejará, aunque siempre vuelva, Puente Genil y a todos esos flamenquitos que cantan: Sentadito en la escalera/esperando el porvenir/y el porvenir que no llega. Viene del pueblo de Fosforito, V Llave de Oro del Cante, y de Ricardo Molina, poeta del grupo Cántico y coautor junto a Antonio Mairena de Mundo y formas del cante flamenco, obra que, sin ser fundamental, fundamentó un sinfín de respuestas que, poco a poco, contribuyeron a desarrollar los estudios flamencológicos.

El domingo 19 de mayo estuvo en Valladolid, Teatro Cervantes, adelantándose al XXº Festival de Teatro y Artes de Calle, que es lo suyo, adelantar emociones e impresiones que dejan huella en públicos nuevos a los que artistas posteriores encuentran sembrados de su recuerdo. Tal hizo y hará en Turquía, Marruecos, Francia, Estados Unidos, Cuba o Corea del Sur con sus montajes Sinsabores de una bata de cola y Locuras de una flamenca. A la capital castellana trajo Zambra Pasiflora, pasiflora o pasionaria, como quieran, de ambas formas se denomina a la planta que calma los nervios, al fruto agridulce como la pasión misma (maracuyá) y a su flor de estridentes colores.

La bailaora, Valeria Tejero a las puertas del teatro Cervantes. A la derecha, tres imágenes de la obra que interpretó en Valladolid. (Fotos A Desmano)

La Pasiflora, el personaje que interpreta Valeria en la obra, es un tanto así, apasionada por activa y por pasiva, por amar hasta dejar agotado al amor y por sufrir los desamores de otros, esos desamores odiosos que desembocan en el alcohol, el maltrato y la locura. La Pasiflora es una bailarina de variedades de las primeras décadas del siglo pasado, los felices años 20, les decían; un poco cupletista en España, un poco folie del can-can en París, flamenca de ida y vuelta en Cuba. Un poco como La Malena (Jerez de la Frontera,1877, Sevilla 1956), gran bailaora gitana de fama internacional que terminó como recordaba Bernarda de Utrera en esta bulería cuplé: La Malena tenía un puestecillo/Vendía caramelos a los chiquillos/¡Ay, Malena mía, Malena mía!/¡Date una vueltecita por bulerías!

A Valeria le duele La Pasiflora, le duelen aquellos tiempos de su abuela antes de que fuera su abuela, porque de aquellos cuplés vienen estas chucherías en el quiosco. De niña conoció la vejez que acaba en la soledad del olmo herido por el rayo. Baila para conjurarla desde su todavía esplendorosa belleza. Cuatro veces se cambia de traje o flor en su espectáculo donde el aliento perfumado lo expande un abanico, donde la bata de cola se le enrosca por el cuerpo de serpiente en el Árbol del Bien y del Mal y el mantón desencadena los vientos de las vueltas que da la vida, que da Valeria, una artista guapa, que no bonita, como repite varias veces su personaje; una mujer hermosa, rubia, de ojos azules, que oculta otra belleza interior antracita y calé; no me pregunten porqué.

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