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Café El Minuto

La clientela de El Minuto bascula entre viejos decrépitos y universitarias de primer curso de carrera. Los matrimonios jóvenes paridos que acuden a recrearse descargando en el lugar ese tiempo de la crianza de los hijos, rompen el desequilibrio generacional. Concilian el ocio y los rigores de la maternidad allí mismo como si fueran con el perro a un pipicán. Al principio, pamá y mapá  demuestran entender que el Café no es un parque y que los clientes tal vez ansían no ser embestidos. Esa demostración consiste en seguir de cerca y con expectación los encierros que organizan los chiquillos. No escatiman instrucciones ni perdones. Sin embargo, en un momento indeterminado, inadvertidamente, se hacen nadie. Los miras, preparado el rictus cortés de una sonrisa, «¡Qué ricos, déjalos, si no molestan!», pero ya no están. Han salivado en torno a sí una crisálida sorda e impenetrable mientras no se verifique la saciedad de sus oruguitas sobre la paciencia tierna de unos parroquianos que creían leer el periódico y no dos hojas de lechuga. Conversarán, beberán y comerán patatas fritas hasta la metamorfosis.  

La rotura de unos vidrios y de un llanto viene a tardar entre diez y quince minutos. Un pamá o una mapá sale entonces de la burbuja haciendo «blop», aparta al crío de los cristales para que no entorpezca al camarero de la limpieza y se lo lleva a la calle unos minutos, tú allí castigado y yo aquí a fumar un cigarrillo. La puesta en libertad del niño cautivo es recibida con alborozo entre sus amiguitos que, en un primer momento, habían contenido la respiración pero que, gracias al descanso, volvían a estar pletóricos. El desenlace no gustó adentro. La clientela de orden esperaba la pena capital. Hubo un conato de protesta rápidamente atajado por la doña de don Nopudoser que le dijo: Déjalo, cariño, nos vamos y la mesa desocupada pasó a manos insurgentes. Qué risa y qué asco los posos del café haciendo chin chin con las cucharillas en las tazas. El camarero acudió a recoger el servicio justificándose con la escoba en la mano, a lo que los niños respondieron pidiendo agua al unísono y vaciando el servilletero.

El desenlace no gustó adentro. La clientela de orden esperaba la pena capital.

«¡No, todavía no!», gritó la hermanita mayor, que se aplicaba en un grabado a la tinta seca sobre el brazo del niño que cayó cautivo.

Una maestra jubilada que bebía Machaquito en flagrante desafío a Dios y a los hombres tuvo la buena maña de prestarles un bolígrafo. ¡Hala, a pintar! Trifulca. Hacían falta otros tres, ni a turnos, ni a leches. El camarero facilitó el suyo a cambio de que no siguieran pintando en la mesa. Dos con bolígrafo y otros dos sin él. Yo te pintó a ti y luego tú me pintas a mí, acordaron. La calma se impuso nuevamente en el local y las mandíbulas de las mesas cercanas dejaron de apretar los dientes. Volvía a escucharse el molinillo del café. «¿Bueno, qué, nos vamos?», preguntó mapá. «¡No, todavía no!«, gritó la hermanita mayor, que se aplicaba en un grabado a la tinta seca sobre el brazo del niño cautivo. «¿Pedimos otra, entonces?«, terció el pamá de la pareja contraria. El camarero se había adelantado a llevar la cuenta. «Son siete sesenta y cinco«. «Espere, que a lo mejor…». «¿Siete sesenta y qué? ¿Nos va a cobrar el vaso roto?» «No señora, el señor pidió un orujo de hierbas cuando salía con el niño a la calle«.» ¿Un orujo? – exclamó irritada – ¡Tú, en cuanto me doy la vuelta…!» «¡Mamá, mira lo que me ha pintado Daenerys en la muñeca, un reloj!«, dijo el más pequeño de los cuatro. «¿Y esas manos, Daenerys?» «¡Hala, se le ha explotado el bolígrafo en el vestido!«. El del brazo a la punta seca se desternillaba como un títere. «¿De dónde has sacado el bolígrafo?«, inquirió el pamá del orujo por seguir la corriente. «Me lo dio ese señor«, señalando al camarero y a moco tendido. «¡Pues vaya idea!» «Yo sólo quería que estuvieran entretenidos, señora» «¡Claro, como los niños molestan!» «Yo no he dicho eso, señora«. «¡Mami, Daenerys me está tocando!» «¡Daenerys!«. Y Daenerys vuelta a llorar. «¡La culpa no la tiene la niña!«.

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, la maestra jubilada se deslizó hasta la barra para pagar su consumición. Allí se le cruzó la mapá de Daenerys que la llevaba al lavabo sujetándola por un codo. La hermanita mayor perseguía a su modelo de tatuajes, que se negaba a seguir siendo apuñalado sin antes hacer un poco de ejercicio. El pequeñajo del reloj pintado gritaba «¡No, no!«, mientras su mapá trataba de borrárselo con un dedo untado en saliva. Los pamás, sintiendo la falta de aire y a la vez la de socaire, se escabulleron a la acera aprovechando el desconcierto. Quitarse de los niños para que no les vieran fumar eran dos buenas ideas. 

Sería más o menos la hora del vermú, un sábado por la mañana, las tiendas y el estanco ya cerrados, ningún sitio a donde ir, de ahí para casa y, sin embargo, la barra de la cafetería se disputaba a codazos igual que en un día de diario a la hora del desayuno. Quienes se habían sentido rehenes en las mesas hasta ese momento se agolpaban sobre quienes evitaron sentarse a la vista del percal. Querían pagar a toda costa, pagar y quédese con las vueltas con tal de salir cuanto antes de aquel reality de vecindario. 
Moraleja: Dejemos aparte a los mayores que se meten a maternizar, esos no tienen remedio, pero que la gente aguante los gritos y las travesuras de las proles ajenas es un deber comunitario al que conviene acostumbrarse porque, al fin y al cabo, tarde o temprano, los hijos de este o aquella acabarán por tocarnos las narices a todos.
   

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