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Más feliz que Abderramán

¿Sabemos cuántos días de plenitud hemos vivido?

La vida es un único verso interminable. (Gerardo Diego)

Hoy es Viernes Santo. Crece la luna otra vez, finalmente; se aproxima a luna llena. Despedí una visita familiar que me dejó constancia de quién soy y de que soy. Salí a desamortizar tinieblas viendo pasar las procesiones de Semana Santa, incluso pasé yo adelantándolas para que me vieran ellas y su público a mí. Busqué el deleite en las camareras de Cristo, manolas de peina ibera, mantillas de celosía. El aire acaricia los encajes. Los cuerpos de luto tremolan hincando tacones en el empedrado. La primavera se anuncia a quien siente escalofríos. Esta es la señal para seguir vivo, por eso salí a su encuentro. Todavía, antes de sentarme a escribir, habría de entablar una esgrima telefónica de frases pretendidamente ingeniosas – palabras algunas de viejo betún que vuelven a brillar pasado el cepillo – con un amigo de los años gloriosos, cuando apenas empezábamos a practicar la arquitectura de letras.

Todo eso entre lo importante hice y con necesidad de hacerlo, pues ya se estaba alargando el período de ciclotimia que de hermano mayor me trae a menor, que desde el ingenio me precipita al mal genio; el que arrebata mi inteligencia colocándome la montura del asno. Hay, sin embargo, quien rinde y funciona más acá de cualquier preparativo, alguien que conoce y reconoce poseer desde niño «un grado basal de felicidad máximo (…) variantes genéticas de estado basal de felicidad alto». Carlos López Otín confiesa que ha llegado a los sesenta años durmiendo apenas cuatro horas y sin ningún estrés. Con esas condiciones y una buena inteligencia ya se puede ser doctor, y de ahí para arriba. El Premio Nobel deberían concedérselo ex aequo a Dios y a la Lotería Nacional todos los años; es decir, que bien harían en desinstituirlo.

Carlos López Otín, (Sabiñánigo, Huesca, 22 de diciembre de 1958), catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo es un referente científico mundial en la investigación del cáncer, las enfermedades hereditarias y el envejecimiento. Fue llamado a participar junto a varios científicos premiados por la Academia Sueca en el escrutinio del genoma humano (Año 2001, Celera Genetics).

La vida en cuatro letras

La noticia del científico deprimido que regresa de la cura con un libro autógrafo bajo el brazo captó poderosamente mi atención desde el primer momento. No es una noticia simple, ni una simple noticia. Surgió de las entrevistas que, con motivo de la publicación de su libro La vida en cuatro letras (Paidós) Carlos López Otín ha concedido a diversos medios de comunicación escrita*. De estos cuestionarios recientes migré a otros más lejanos, anteriores a la fechas en que el profesor e investigador de la Universidad de Oviedo fuera torpedeado en plena línea de flotación por dos acontecimientos desgraciados: una campaña envidiosa que pretendía desacreditar su reputación científica y la misteriosa infección que penetró el blindaje de su bioterio (animalario para experimentación) y que significó el sacrificio de más de 5.000 ratones genéticamente modificados. En un solo día perdió una ingente inversión de trabajo del que no sólo se estaban nutriendo las investigaciones de su equipo. Muchos de esos ratones 2.0 eran la prueba preciosa alrededor de la cual giraban también los estudios de numerosos laboratorios extranjeros.

Cuanto más extendía mi curiosidad, más se ramificaba la información original. Por el camino, y por alusiones, evoqué el argumento en prospectiva de mi novela Humánidas e invité al gurú que investigaba lo que yo estaba imaginando: Aubrey de Grey. La enseña de López Otín pregona: Vivirás feliz, que no es vivirás para siempre. Desde que la perdió, se ha sumado a sus afanes descubrir la base material de la felicidad. Anuncia una nueva farmacopea de psicobióticos. No obstante, pues bien merecido lo tiene, yo en su blasón pondría una hidra doble: la mitológica bestia de las siete cabezas, y el diminuto hidrozoo de las aguas cristalinas, que también gusta de acalambrar y que, como la primera, Hércules mediante, goza de vida inmortal. Ha señalado sesenta nuevos genes humanos; ha descifrado el genoma de 500 pacientes con leucemia; ha descubierto dos nuevos síndromes del envejecimiento acelerado; y, también, los genes causantes de la muerte súbita y del melanoma hereditario.

Ademina, Citosina, Guanina y Timina

Este hombre acude a la imaginación y desde ella toma impulso para allegarse a los descubrimientos. Alimentan sus elucubraciones la música, la narrativa, la filosofía y la poesía. Fíjense, esto está ocurriendo: mientras la mediocridad saca la cabeza eructando en inglés a la cara de las Humanidades, aquí tenemos un sabio que rebusca y encuentra en ellas hallazgos avant la science. Al profesor López Otín le gusta citar a Ángel González cuando entra a describir las claves biológicas del envejecimiento, y de su poema Cumpleaños (Áspero Mundo, 1956) parafrasea: «Aquí estoy, disolviéndome en el aire cotidiano. Y usted sabe que cada segundo se nos mueren un millón de células». Explica el genoma, son cuatro letras químicas, la A, la C, la G y la T (Ademina, Citosina, Guanina, Timina). La combinación de esta vocal y de las tres consonantes ocupa dos metros de instrucciones, un total de 3.000 millones de letras…en cada célula. Entonces, evoca el verso que Gerardo Diego incluyó en su poema Ángelus: La vida es un único verso interminable (Imagen, 1922).

Estaba deprimido, quería morirse. La tragedia de los cinco mil ratones modificados de su laboratorio le recordaba la quiebra empresarial que sufrió su padre a causa de unos impagos. ¿Estarían también escritos en el genoma los accidentes? La depresión crea fantasmagorías, fábulas derrotistas, disminuye en tal medida las energías física y psíquica que el seguir viviendo representa un dolor insoportable. La idea de la muerte se implanta en el sentido como la única alternativa salvadora, el único consuelo. Pero un ser bendecido genéticamente por la felicidad no acusa el estar deprimido de la misma forma que un desgraciado cualquiera. López Otín buscó el aislamiento en la isla de Mallorca – para eso están las islas – y de allá volvió con un libro escrito. Él, médico y ortopeda de sí mismo, se redactó una muleta: La vida en cuatro letras.

La felicidad con y sin enfermedad

Creo en usted, profesor, y apoyo su crítica a Schopenhauer: la felicidad no es sólo ausencia de enfermedad, es mucho más. Nos ha presentado a su colaborador, Sammy Basso, enfermo de envejecimiento acelerado (progeria), como uno de los seres más felices que ha conocido. El dinero no da la felicidad, definitivamente; en cambio, la felicidad te lo puede dar todo. Descúbranos el gen de la felicidad, profesor, pronto, se lo rogamos y, después, si quiere, continúe desentrañando los mecanismos del envejecimiento. En esto ya están otros, al fin y al cabo, Craig Venter, Google, Aubrey de Grey y su SENS. No me veo viviendo mil años con un día de felicidad cada cien. Una longevidad exponencial en el plan en el que estamos tantos y tantos mortales sólo conduciría a un aumento exponencial de la cifra de suicidios.

La anécdota de Abderramán III forma parte del repertorio que Carlos López Otín ha vertido en casi todas sus entrevistas. Antes del episodio traumático que le alejó de su actividad profesional, pensaba que superaría de largo al califa cordobés en su marca. Aún está a tiempo (yo le deseo una larga vida) y, aunque no lo mente en sus declaraciones, aventaja en salud al califa cordobés, que sufría de ataques epilépticos; ataques epilépticos y, cerca del final de sus días, melancolía, ese mal que las actrices representaban en el diván llevándose el dorso de la mano a la frente como a medio desmayo. Hoy, sin tanta finura, lo llamamos depresión:


He reinado más de cincuenta años, en la victoria o en la paz. He sido amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. Sobre estas condiciones, he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce.
¡Hombre, no cifres tus anhelos en el mundo terreno!

*El Confidencial: Carlos López-Otín: “Estoy en un momento de profunda decepción social” (10 de abril de 2019). El País: “¿Quién podía imaginar que yo tendría la tentación de perder la vida?” (11 de abril de 2019). El País Semanal: Carlos López Otín: “La ciencia revela la verdadera belleza del mundo” (21 de diciembre de 2016). Sur: Carlos López-Otín: «Pensé en el suicidio» (11 de abril de 2019). El Mundo: Carlos López-Otín, el científico deprimido que busca la fórmula de la felicidad (11 de abril de 2019). Cuando ya no esté: Carlos López Otín. (12 de mayo de 2016)

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