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La vida se nos da en exceso

Como el agua de una fuente de montaña que sale al recreo del aire y cae de alegría en alegría, saltando escalones, deteniéndose a penas en la poza que le hacemos con las manos, la vida se nos da en exceso, y de ella la mayor parte se nos va. ¿Qué nos resta? Nos resta una milésima de segundo en una foto irrepetible, lo imposible ya retratado; nos resta la melancolía o la mentira del recuerdo, a elegir. De todo lo inmanente a la vida que queda prendido en los hilos de la experiencia y de lo cual succiona en privado y a expensas de nuestra confianza, las sobras van al recuerdo. Los recuerdos de hoy para mañana se congelan. Bien entendido que ya son de por sí una pérdida, una amputación del todo, bien descongelados conservan aún mucho de su sabor y de la textura original. Pero, la mayor parte del sobrante se embota o se deshidrata para el porvenir. Los recuerdos son eso, alimento en conserva de una comida que ya probamos y que se nos dio en exceso; testigos interesados en darnos la razón, también.

La memoria es un silo de granos que hacen pan. El molino del recuerdo los recupera para una nueva molienda y los ojos dados la vuelta lloran una lluvia de alegría, de sonrojo o de tristeza sobre la masa que la conciencia ha de cocer. Madera de llanto son las miradas, las palabras oportunas de quienes nos conocen y de quienes no se acuerdan; los espacios abiertos al aire, al sol y a la sombra de las horas, que descubren nuestra presencia; las arboledas de salón donde dibujamos trayectorias observando desde un sitio clave o donde las recibimos ya trazadas, ya claveteados a un respaldo mientras tomamos café.

La muerte es un recuerdo muy antiguo y muy profundo que anida en las cloacas de la desmemoria.

Recuerdo de mariposa

Vivimos gracias a los recuerdos y al cerebro que nos adelanta los acontecimientos que ya fueron. La gente que pierde los recuerdos o que los gasta muere pronto, qué será morir, entonces. Pero, por más que pretendamos ir delante, vivimos atrasados. El cielo que de noche nos vigila ya no existe, como nosotros hemos dejado de existir para las estrellas. Nuestra vida es un recuerdo de lo que ya pasó, breve, parcial, porque todo nos ha venido en exceso y nos ha sobrepasado. Le perdimos el ritmo al presente que, a fogonazos, adelanta a veces sucesos a la clarividencia; sin embargo, todos, tarde o temprano, recordamos que nos espera la muerte, siempre más rápida y joven que cualquiera de nosotros. La muerte es un recuerdo muy antiguo y muy profundo que anida en las cloacas de la desmemoria. Es un recuerdo de mariposa, de tan repetido, gastado. No recordamos cuándo ni cómo ocurrirá; es un secreto, un truco de magia que hacen unas manos demasiado rápidas para nuestra vida mortal. Pero ya pasó y ha sido recordada pues tantos billones de veces que ni huele, ni sabe, ni tiene color, como el agua, que empezó en brasas y evoluciona de vapor a líquido y a sólido, huevo, oruga y crisálida. Las mariposas recuerdan a la muerte, de ahí que haya quien las toma por ánimas del último suspiro, hermoso presagio y no mal agüero.

“Cada vez que evocamos un recuerdo, en el remojo deja sustancia de sí. Sólo por el mero hecho de hacerlo presente, cuando vuelva al cajón será para la próxima un recuerdo recordado, habrá cambiado la microbiota.”

Jeroglífico del porvenir

Los recuerdos se desgastan, no sé si habrán caído en la cuenta. Los recuerdos sufren la erosión del tiempo y de la incuria; se decoloran, enmudecen, pierden aroma. Es inevitable. Todavía, el recuerdo prístino que se recupera por primera vez después de muchos años, aun pálido, del color del carbón de hulla y de blanco comunión, es mucho más veraz que cualesquiera de los que fueron repintados, reconstruidos sus trozos con celofán y armados en orden de proyección para adaptarlos a los tiempos modernos. Cada vez que evocamos un recuerdo, en el remojo deja sustancia de sí. Sólo por el mero hecho de hacerlo presente, cuando vuelva al cajón será para la próxima un recuerdo recordado, habrá cambiado la microbiota. Volverá con manchas de grasas trans o de nicotina, tal vez, enriquecido con nuevas o envilecido, modificadas digitalmente sus vergüenzas; en definitiva, falseado.

Un encierro como este del coronavirus y su soledad de cuerpos y voces alrededor (…) libera espacios que quiero ceder a la memoria.

Cada vez que recordamos, tomamos aliento, siempre y cuando lo recordado no sea una patada en la boca del estómago. De una u otra forma, en el tiempo del recuerdo nosotros quedamos suspendidos, pero la vida sigue y no espera a nadie, y menos que a nadie a los viejos, los campeones del recuerdo. A los viejos se les distingue según el consumo y el uso que hacen de sus recuerdos. El que los trae a diario para sentirse en ellos asegurado, acunado, a medida que retrocede a sus tiempos más cerca está del final de la vida que a sí mismo se administra. Que el otro final, el de la película, tarde más o menos poco importa ya. Mejor parece seguir la serie de algún tipo de acontecimientos en los que la vejez no quede marginada y habilitar consejos desde la experiencia cuya principal aplicación práctica sea el ahorro de tiempo vital que suponen ciertas conclusiones. El recuerdo como jeroglífico anticipatorio del porvenir.

Un encierro como este del coronavirus y su soledad de cuerpos y voces alrededor, con impunidad frente al incumplimiento de mantener el horario de trabajo en casa y el de los quehaceres subsidiarios, libera espacios que quiero ceder a la memoria. Voy a hacerme de comer. Tengo un recuerdo reciente que mira al futuro con buen pronóstico. Y otro lejano, de tierra.


La vida se nos da en exceso por Texto y fotos: Jesús Mª Ventosa Pérez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Basada en una obra en adesmano.media.

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