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Ayer me quité el sombrero en el Museo Patio Herreriano

Exposiciones temporales de Esteban Vicente, Navarro Baldeweg, vestidos en cuadro y tocados en el aire

Me ocurre en casa, me ocurre en la calle o, como hace un rato, que rumiaba reproches en la espera para alguien a quien termino
sonriendo. Esta estirpe o tipología de gen-te que se anuncia sin concretar hora de llegada hace más daño que el peor impuntual. (A mí, el peor impuntual no me hace esperar más de media hora; antes me voy). Di que en el trayecto de pasillo entre la salita y el hall consigues reponerte. Quien quiera que sea, el céfiro lo ha arrojado a tu isla desierta. Otras veces, camino resuelto en dirección a la cocina, llevo una naturaleza muerta de migas caídas al suelo pintada en la corteza prefrontal. Entro en la cocina, olvido qué me ha llevado allí. ¡Ah, pero veo las migas!, ya recuerdo; pasé de largo por el cuarto de la escoba, ¿será posible? (por no decir: ¡Mierda!) Hay una taza de café sucia en el fregadero. Está bien, la fregaré, no habrá sido el viaje en balde. Acto seguido, desando hacia la escoba. Anteojeras y «escoba», «escoba», me repito, pero en el trayecto suena un mensaje en el teléfono.

Vamos a no echarle las culpas al de siempre. No quiero oír hablar de averías cognitivas. La vida moderna ha devenido frenesí. Quien quiera conquistar otros planetas tiene que aproximarse a la velocidad de la luz. Añadamos aún otro factor que, hoy por hoy, ya ni la ciencia desdeña: el azar. El azar ha descendido sobre nosotros. Si se le convoca, acude. La otra mañana me dejé caer en el Museo Patio Herreriano como una bomba de fragmentación. El objetivo prioritario era una muestra de cuadros y esculturas de Juan Navarro Baldeweg. Poco sabía de él antes de leer la reseña biográfica en el programa de mano. Sabía que el nombre me encandilaba, un arquitecto llamado Juan Navarro Baldeweg. El segundo apellido sonaba a predestinación, Baldeweg, Die Brücke, Bauhaus, balaustrada, batimento. Esas tonterías. Ahora sé que este hombre ha dedicado toda su vida a escribir el currículo.

Aro de la instalación de J. Navarro Baldeweg en la sala de la capilla. (Foto A Desmano)
El aro y la ventana. J. Navarro Baldeweg. (Foto A Desmano)
Panorámica de la sala con las pinturas del arquitecto Navarro Baldeweg. (Foto A Desmano)

La capilla del museo, lugar idóneo para obras en relación

Arquitecto con De la Sota y consigo mismo, doctor, profesor en varias universidades de EEUU e Inglaterra, en la Escuela de Arquitectura de Madrid; catedrático y numerario de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, investigador y tratadista del hecho arquitéctonico, medallas, premio de arquitectura, premio de Bellas Artes, premio de Artes Plásticas, de donde se infiere que también ha destacado en la pintura y la escultura. Yo me quedo con el arquitecto, qué quieren que les diga. Pasé raudo y temeroso de un ataque de epilepsia por la sala donde colgaban, prietas las filas, diecinueve cuadros de dos por dos metros. Sí me detuve en la sala de la capilla (El Museo Patio Herreriano o Español de Arte Contemporáneo se erigió entre los restos del Monasterio de San Benito El Real), un lugar idóneo para obras con ángel, para muebles conceptuales, para tabiques de sombra, para atmósferas respiradas, es decir, compartidas entre espíritus de creación, visitantes y la vigilante de seguridad.

Anoto una cita del artista referente a los dos objetos (un aro y una ventana de reminiscencias pop) que colocó en la capilla del Museo, al parecer, elementos de una instalación anterior más compleja. Con ello saludo al autor del Centro Nacional de Investigación, Museo Altamira (Santander), y de los Teatros del Canal (Madrid), y con ello le despido:

(…) Un aro de latón con una sobrecarga de plomo en el interior del tubo próximo a la argolla de la que se cuelga parece desplomarse, pero no cae. Por el contrario, su efecto produce un desplazamiento del centro de gravedad y gira hacia arriba, ‘cae’ hacia lo alto, es decir, levita o asciende hacia la luz que parece su sustento. («El horizonte en la mano» en Una caja de resonancia, Pre-Textos, Valencia, 2007, pp. 22-23)

Estatuas del rey Juan Carlos y de la reina Sofía en el claustro renacentista delineado por Juan Ribero. Los monarcas inauguraron este museo vallisoletano en el año 2002. (Foto A Desmano)

Esteban Vicente y la Generación del 27

Aún había de pasar por una sala donde colgaban setenta y tres obras de Esteban Vicente, un pintor segoviano poco conocido en España a raíz de su traslado a Nueva York después de estallar la Guerra Civil del 36. «Pintores poetas» se llamaba el grupo donde se encuadró o lo encuadraron mientras permaneció en Madrid. Se relacionó y, se supone, que interactuó con un buen número de escritores y artistas de la Generación del 27. Vivió dos años en París donde conoció a Picasso, Raúl Dufy y Max Ernst, entre otros artistas del momento. En Estados Unidos, el embajador español republicano salió en su auxilio nombrándole vicecónsul en Filadelfia. Allí, el pintor español adquirió la nacionalidad estaounidense y fue evolucionando hacia un tipo de abstracción que él calificaba de impresionista. Entabló amistad con miembros de la vanguardia norteamericana y junto a ellos expuso en varias e importantes ocasiones. Hablo de Mark Rothko (letón de origen), Willem De Kooning (nació en Rotterdam y emigró a EEUU con 22 años), Barnett Newman (hijo de inmigrantes polacos), Jackson Pollock o Franz Kline. Cualquiera de ellos pondría de los nervios al despistado que calibra el mérito de un cuadro en función de estas variables: a) Lo podría pintar mi hijo de cinco años; b) Lo podría pintar yo; c) Cuadros como este los cuelgan en portales de oficinas, porque nadie los roba; d) Para pintar esto, sí que hace falta saber pintar, no me jodas.

Collage with yellow, blue and orange. 1963. Esteban Vicente.

Esteban Vicente conoció a los más señeros exponentes de la vanguardia norteamericana
(Mark Rothko, De Kooning, Jackson Pollok, Barnett Newman, Franz Kline). Participó junto a ellos en importantes exposiciones.

El arte del vestido, 30 obras de colecciones privadas

También transité como quien lleva el tiempo justo por la sala de Esteban Vicente, y no porque me parecieran mal sus obras. Eran muchas, similares en el estilo y la serie; de tan sencillas a la vista, complicadas, y no tanto complicadas como de paciencia para discurrir sobre ellas matiz por matiz; armónicas e irrefutables, en suma, pensé (y de no ser así, que las refutara otro). Los museos me cargan las cervicales. Antes de la primera media hora necesito encontrar algo me impregne las meninges. Si no sé exactamente a lo que voy ni lo que busco, necesito sorpresa; o eso o una conmoción sensorial. Recuerdo que mientras veía mecánicamente, una tras otra, título, técnica y obra de este autor, el espíritu travieso que albergo me miraba desde afuera comentando: «Haces exactamente lo mismo que en los cementerios: tumba-fulano-epitafio, tumba-mengana-epitafio, tumba-feto varón-epitafio, flores frescas sí o no.

Retrato de Francisco de Cossío. Cristóbal Hall. El arte del vestido (Foto A Desmano)
Presentimiento. Laura Torrado. El arte del vestido. (Foto A Desmano)

No me acababa de resignar a la idea de haber acudido al Museo Español de Arte Contemporáneo para, sin quererlo, terminar en un muestrario de gorros (Los lenguajes del sombrero/Identidad, idiosincrasia y estilo/Creaciones de Pablo y Mayaya). Derivé hacia la sala 6 para echar un vistazo. Título de la exposición: El arte del vestido. Sentí una fugaz premonición, vestido, gorros…, me estaba aproximando al desenlace fatal. Dieciocho artistas, treinta obras, una colectiva alrededor de las vestimentas, pintura, escultura, fotografía y una pequeña instalación de Victoria Civera (Más de tres veces) tan agradable como sugerente. No me hagan razonar el porqué; porque sí. Para entonces, el período de media hora que tarda mi paciencia museística en descomponerse había rebosado la taza de Sloterdijk (Un ejemplo zen: el maestro sirve te en una taza hasta que la desborda: No puedes entender nada si la taza no está llena. Ver El País). Respiré hondo, acababa de descubrir un bombín negro con una «A» mayúscula cimera, poema objeto de Joan Brossa. Me acordé de Magritte y recordé que Brossa y yo habíamos sido colegas de creación en la corriente poética del Big Ban: En el principio, fue la Poesía. El bombín, otra señal.

De remate, los sombreros

Debo hacer algo más de justicia a El arte del vestido, porque en ella recuperé un tanto así el aliento. A la entrada las miré de reojo, pero al salir, que venía reanimado de voluptuosidad gracias a unas fotografías con recuerdo a Modigliani de Laura Torrado, paré ante dos cabezas de mujer esculpidas en piedra por Ángel Ferrant. Dos piezas muy evocadoras. Siempre lamento no poder pasar las manos por las esculturas de «mírame y no me toques».

Finalmente, acabé en la exposición de gorros, estaba escrito. Basta que no quieras ir para que te lleven. Y para que rectifiques el prejuicio desfavorable te llevan. Reconoce que allí no viste un muestrario sino una muestra. Reconoce que la colección de Pablo Merino y Mayaya Cebrián traspasa lo artesanal para instalarse en lo artístico, aunque no alcance la trascendencia metafísica. Reconoce que disfrutaste con la instalación de los sombreros, tocados, casquetes, la montera, el bicornio, los ros, las pamelas con todas sus plumas, fieltros, organdíes y pedrerías colgando en el aire, insinuando cuerpos y portes invisibles, hermosos, elegantes, atildados. Sería difícil encontrar entre todas, máxime entre las femeninas, una pieza de la que no se pudiera exclamar algún elogio. Los tocados de Pablo y Mayaya son campanarios, remates de personalidad más que de atuendo o de persona. En las Bodas de Canaán los invitados protestaron porque el agua que bendijo Jesús, transformada por birlibirloque en Ribera de Duero, no se hubiera servido al principio de la comida. Yo protesto ahora al recordar el itinerario que seguí hasta llegar a ese punto. Ahora, a posteriori. Allá adentro, en la sala 7 del museo, hubiera sido una torpeza restar emoción al descubrimiento rumiando zarandajas. Miraras a donde miraras, todo era vuelo, levedad, encanto y delicadeza. El muestrario de gorros artesanos de Pablo Merino y Mayaya Cebrián, una delicia, créanme. (Museo Patio Herreriano, Valladolid. Del 22 de marzo al 26 de mayo de 2019. sala 7)

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