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El género epiceno

La solución definitiva para el sexismo gramatical

Esto debería haberse lanzado en pasquines hace ya siete u ocho años, cuando empezaba a abocetar una novela de tesis sobre la marcha. Digo bien, porque escribía en el bloc de notas de un pequeño teléfono móvil de los de entonces mientras conducía mi furgón de reparto por las solitarias carreteras de la sierra norte madrileña. Espero que Tráfico no me lo tome en cuenta después del tiempo transcurrido, considerando que en esta confesión va implícito el arrepentimiento y que no la hago para jactarme.

    Calculaba haberla terminado e incluso publicado en algún momento anterior a que mis modestas predicciones sobre familia, amor y sexo en una previsible sociedad futura perdieran vigencia. Las matemáticas nunca fueron asignatura de mi gusto y creo que yo tampoco les gusté ni por un momento, lo que no impidió que cursando COU encandilara a mi profesora en la materia. El día de entrega de las notas finales se despidió de mí con esta revelación que hacía justicia: “Ventosa, te he aprobado porque estás muy bueno, porque de matemáticas no tienes ni puta idea”. Un suspenso en matemáticas a aquellas alturas habría retrasado mi acceso a la universidad y dudo que repitiendo examen o curso hubiera clavado la fecha terminal de mi ópera prima; es decir, que no la terminaría nunca, Dios mediante.


Palabras de género epiceno (Imágenes: ADESMANO)

Supongo que nadie echará en falta un informe técnico sobre el estado de construcción de mi Escorial. Lo que quiero exponer es urgente. Si no me he dejado engañar por un bulo mediático de la web, la sección femenina de Comisiones Obreras puede haber llegado a la misma conclusión que yo reduciendo la gran ventaja que llevaba mi idea a nada. Según lo veo, estamos en los albores de una nueva raza terrestre, la humane, y de una nueva civilización, la humánida. Como la primera será el resultado de la evolución tecnológica con todas las consecuencias éticas y sociales que traiga aparejadas, llegará antes lo humánida que le humane (sic). Digo más y digo que ya lo tenemos aquí. Determinados y no tan determinados avances científicos van poniendo los cimientos; se está tirando cable. Por lo que respecta a la sociedad, la revolución que deparará cambios radicales en las definiciones de sexo, erotismo, individuo, ciudadano, familia y maternidad es la feminista. En este momento y en este país, sobre un fondo donde se combaten las violencias ejercidas contra la mujer, cuyas causas no son exclusivamente dogmáticas, el debate se entretiene episódicamente en cómo desmarcar el género del idioma para que el punto de vista por defecto en cualquier locución o alocución no sea masculino, ni femenino, sino neutro, indistinto.

Bien, es razonable. Hace falta un género gramatical neutro distinto del que ya tenemos para designar lo abstracto, un género que comprenda lo masculino y lo femenino, un género epiceno convencional. Este nuevo género debería coexistir con los precedentes, bien que como caminamos hacia la abolición sociológica de los sexos, también podría sustituirlos. En determinados ámbitos de la vida, el profesional, el administrativo, el judicial…, a la hora de anunciar o de dirigirse a una persona, la consideración idiomática del sexo debería ser irrelevante, y no hacerla, un formalismo a favor de la neutralidad. Tan normal lo encuentro como absurdo sería que entregara cuatro localidades a un acomodador en la boca de una platea y este me preguntara: “¿Cuántos hombres?” “¿Cuántas mujeres?”.

Los humánidas de mi novela virtual son todes del género epiceno. La determinación explícita del sexo sólo interesa a la Biología.

Los humánidas de mi novela virtual son todes del género epiceno. La determinación explícita del sexo sólo interesa a la Biología. Entre elles se tratan de tú y sin elemento gramatical que los distinga por su fisiología reproductora. No necesitan estar prevenides sobre ello. Su orientación sexual es ambivalente y funcionan con ella de manera más o menos promiscua y desapasionada. Al alcanzar la pubertad, donan sus primicias al banco estatal de óvulos y espermatozoides e, inmediatamente, son esterilizádaes. La función reproductora es una prerrogativa de la federación aristocrática, democrática e igualitaria a la que pertenecen. La función maternal comprende la crianza en exclusiva y la educación compartida. Se ejerce por individues capacitádaes que superan una selección y se someten a escrutinios periódicos. Madre no hay más que une, sea varón o sea hembra. Padres puede haber varies conforme a diversos contratos o acuerdos de convivencia, colaboración o especificidad educativa, varones o hembras, igualmente.

Habrán comprobado a lo largo del párrafo anterior cómo se utiliza, cómo parece y cómo suena el género epiceno en la lengua humanesa traducida al castellano. Ninguna de las dos desinencias deberían resultarnos del todo extrañas a los españoles. La flexión en -e es muy común dentro del dialecto romance astur-leonés. La flexión en –ae, variante de la anterior, remite al Latín y se usa en alternancia a gusto y oído del hablante con el fin de evitar tediosas aliteraciones en –e. Ahora, sólo hace falta… Sólo, no. Haría falta una concatenación de sucesos. El primero, que yo descuidara siquiera un rato mi oficio de ermitaño y soltara esta propuesta allá donde pueda caer en gracia. Después, que se elevara a un campanario y que tañeran las campanas bajo supervisión de Llorenç Barber. (La súper-visión de Llorenç Barber le daría un toque de locura fundamental). Siguiente: aplaudir y rogar para que llueva y cale. Conseguidos estos increíbles resultados, habría que acercarse a la que “fija y da esplendor” con la insólita propuesta de que cambien la Gramática por suscripción popular. No sé lo que haría Arturo Pérez Reverte llegado el caso. Todo depende de quién se lo exponga y de con qué café se haya levantado esa mañana.

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