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Estuve allí

Apoteósica la tarde en Vista Alegre

Treinta y tres a la sombra y Pilar y yo caminito del metro con abanico, gafas de sol y pamelas de paja (antiguo regalo publicitario de Coca-cola). Primera sorpresa: jóvenes pijillos neguríticos estilo tupé Jose Mº Aznar y pantaloncitos en tonos pastel, con cinturón de marca, marcando trasero y camisa monocolor también en tonos vespa años cincuenta para resaltar el bronceado de unas carnes que tú y yo conocimos y flameamos otrora en tersura y tornasol. Me sorprendió ver tanta juventud camino de la plaza. Antes tan sólo reconocías a talluditos vestidos de gala, pues, para ir a los toros, el bilbaíno-a se viste de boda; y si dabas con alguna jovencita, se trataba de un bellezón en su primera puesta de largo debidamente escoltada por su madre que, a su vez, ojeaba todas las posibilidades de pretendientes rentables y consanguíneos en tarjeta platino del BBVA dispersos por el tendido de sombra. Puede tratarse del comienzo de una renovación en las gradas o, lo que seria peor, Vox arengando a sus juventudes.

El coso: maravilloso. Tres cuartos de entrada, con alguna calva en los tendidos de sol. El consabido frontispicio de pancartas improvisadas por torpes «bricolajeros» con sábanas casi meadas y rotulador del gordo clamando unos por la oreja del propio presidente, o por el retorno a una Cataluña taurina, o por viejos trofeos injustamente negados a …., o concedidos a…, o la falta de fulano en el cartel de este año, o una peña de Mataporquera saludando a los de enfrente…

Farol invertido. Dibujo: J.Díaz Iraeta

La inimitable arena negra del coso bilbaíno (…) es única en el mundo aportando escenario de tragedia y luto previo para los lances.

El respetable y la arena de Arrigúnaga

Una discreta bandera del imperio mal atada a una barandilla, un constante aleteo de abanicos como hojas de álamo temblón, una fila de cabelleras rubias y expresiones ininteligibles, señores de postura excéntrica y sandalias con calcetines grises, franceses “educadísimos” temiendo aún nuestra furia incubada desde el dos de mayo, madrinas con mantilla y madrinas meretrices con peinado escarola, apretadas cuarentonas luciendo implante y bótox (o bótox e implante), galanes bronceados y de buen tinte y chaqueta de verano saludando con familiaridad y cierto aliño de truhanería a posibles consortes de horario cenicienta desobediente, …entendidos, periodistas, matadores camuflados de paisano, despistados boquiabiertos por una entrada regalada, carteristas,vendedores de garrapiñadas…¡en fin!: una olla de Fagor con la espita atrancada.

Las seis en punto de la tarde (aquí, por mor del calor, retrasamos a Lorca). La inimitable arena negra del coso bilbaíno (que como tú y yo sabemos se extraía de la playa de Arrigúnaga y en cuya composición han intervenido miles de fogatas, los vertidos de escoria de los altos hornos y la contaminación química que petrificó esa parte de la costa) es única en el mundo aportando escenario de tragedia y luto previo para los lances – combinada con el rojo y blanco de la tablas simula el principio de un “agujero negro” que, visto desde la grada alta, mejora con creces la serie de plazas embudo que dio fama a Barceló -. El paseíllo: clásico y colorista. Reflejos oro y cobalto, purísima y azabache, burdeos y plata…, seguidos por picadores a juego y mulillas (percherones) empavonadas por gallardetes con los colores del consulado de Bilbao a juego y, a su vez , con el uniforme de monosabios y areneros, y todos surcando el círculo mágico hasta postrarse en cortés saludo a los pies del señor presidente; ¿o he de llamarlo emperador, tirano, elector, lendakari? ¡Qué cerca estás aún mi querida Creta! El alguacilillo – en este caso, una chica – recoge la llave al vuelo desde su caballo blanco y se escucha la primera salva de aplausos. Por cierto, me gusta la simbología de arrojar la llave desde el palco presidencial, me recuerda a Guzmán el Bueno subido a su almena y dudando si compartir llavero con los moros o hacerles “un calvo”.

Los diestros cuelgan sus capotes de paseo en la barrera iluminando, si cabe, el balcón de bellezas ruborizadas y de larguísimas pestañas como anzuelos cebados de adulterio y miraditas desviadas a culitos y paquetes. Entre ellas y en voz baja: ¿Hacia dónde carga el tuyo?

Ayudado por bajo. Dibujo: J.Díaz Iraeta

Urdiales es achaparrado, no usa el engaño contra morlacos sino contra tiranosaurios; en ocasiones, sus ojos y los del toro trazaban una linea de horizonte perfectamente nivelada entre ambas orillas.

Revista de diestros

Cayetano, de tabaco y oro, dejando una estela de páginas del Hola y grititos de húmedas adolescentes. Moreno, atlético, de perfil no tan afortunado en la correspondencia cuenca ocularnariz. Espaldas anchas con escasez de culo y piernas ligeramente cortas; elegante a medias en posturas forzadas, pero campesino en desplazamientos de reparto o al sorber un buchito de agua. Me sorprende encontrarle menos etéreo que a Paco Ureña. ¡Ay, las fotos de papel cuché! (Cuánta maestría en los menesterosos fotógrafos de “robados”).

Urdiales: burdeos y azabache, bájisimo de estatura y director de lidia. Ni un gramo de grasa subcutánea, piel parecida a la de la momias del desierto de Atacama, pero de mirada astuta y puntiaguda como la de los listos que nacían a la par que los tontos en los pueblos de nuestra España profunda por generación espontánea, y que a la postre les servía tanto para rastrear un conejo en la oscuridad como para reparar un tractor con apenas cinta aislante y un clavo doblado.

Paco Ureña: canela y oro. Esbelto, feo, agitanado y marcial, deshidratado de mirada y carnes, desmayado de ademanes y parientes. Desconocía su origen lorquino, lo había situado más entre Tegucigalpa y Juárez, y si añado que la pérdida de uno de sus ojos le daba cierta impronta a campesino zapatista mejicano, creo acertar con su retrato (al carboncillo, por supuesto, pues es éste un relato somero).

Cayetano manejó con cierta gracia rondeña el capote (…) Por lo demás, el morlaco fue apagándose como una anciana en una mala tarde de brisca; estocada y saludos.

Larga cambiada. Dibujo: J.Díaz Iraeta

Aseados los banderilleros

Urdiales abrió la tarde. Un jandilla castaño oscuro de 543 kilos y Protestón por nombre, se encargó de silenciar la plaza y pellizcar la nuez del maestro. Como te había comentado anteriormente, Urdiales es achaparrado, no usa el engaño contra morlacos sino contra tiranosaurios; en ocasiones, sus ojos y los del toro trazaban una linea de horizonte perfectamente nivelada entre ambas orillas. ¡Vamos, podías colgar la colada o invitar a alambristas ambulantes y felicitar luego al cordelero! Fue un mal toro para la lidia. Peligroso, áspero, desarrollando sentido, esperando al diestro en improvisados callejones, lanzando gañapones; y eso que Urdiales es torero de brega y forcejeo con el torrezno. Algún susto y a matar (como obedeciendo el consejo agónico de alguna amante camuflada en el tendido). He de recordar que ya había recaudado una oreja en la cuarta de abono el flamante triunfador de la feria los dos años anteriores. Y no quiso disgustos .Tampoco era ya el torero de pasadas temporadas en blanco y vigilias ante el teléfono, y que tan sólo era requerido para la Aste Nagusia. Aunque por su carácter peleón, el jaleo pastoril de sus paisanos de Arnedo y raros alineamientos planetarios: siempre triunfaba; pero claro, ahora conocía el sabor de las patatas a la riojana con tropezones de trufa. Estuvo apocado, receloso, ruin en el esfuerzo, desconfiado en naturales y parco en recursos. El Jandilla tenía trapío y peleó bien en varas. Aseados los banderilleros.

Salió Cayetano: pitos previos, bien por remembranzas de su affaire con las banderillas españolas, o bien por considerarlo algunos de poca entidad para sustituir a Roca Rey en una plaza de primera. Los tendidos de sombra, capitaneados por la “sección femenina”, respondieron con un aplauso cariñoso. Bilbao también sabe ser generosa, elegante y olvidadiza. Un ejemplo de saber estar para los muchos llegados de otras partes a nuestra plaza. Falsario, castaño listón y cuatreño de 532 kilos. Cayetano manejó con cierta gracia rondeña el capote adelantándonos un pundonor a ganarse por la oportunidad concedida. Entregado y derramando cierta honestidad ante compañeros de terna brotados de purgatorios estéticos y redadas para vaciar el pueblo de ardores y bocas sin mendrugo. Correctos los banderilleros y nobleza del toro en varas. Por lo demás, el morlaco fue apagándose como una anciana en una mala tarde de brisca; estocada y saludos.

Y salió el maestro a cabriolear con la muerte. Fue una faena de desmayos, boca a boca con el disparo.

Embrocando al natural. Dibujo: J.Díaz Iraeta

Advenimiento del héroe

Y entonces brotó Nijinsky; un pordiosero convertido en arcángel; un lanzador de cuchillos sin maciza en ropa interior apuntando a mi alma facilona y lisonjera; un poeta de distancias acercadas por cortocircuitos del riesgo y suicidios enhebrando el principio de una piel con el final de una queratínica lanza. ¡Paco Urueña!

Su apellido me envía a Valladoliz, a la comarca de Tierra de Campos, a un pueblo medieval y amurallado llamado Urueña que suelo visitar en mis escapadas en busca del silencio perpetuo y masturbable. Por cierto, este topónimo tiene un prefijo ibero-euskaldún que significa agua, más un sufijo perromano que significa fuente o arroyo. ¡Jesús! suelo sentarme en sus almenas y recibir la brisa cálida que proviene de la frontera galaico-portuguesa y que riza mi vello como un peine de rumores paleolíticos, mientras leo a Claudio Rodríguez o a San Juan de la Cruz.

Pero, volviendo al fragor de la metrópolis. En los medios, fronterizos con los tercios, estaba Paco Ureña cuidando al toro que fue de largo en dos ocasiones al varilarguero. Los de plata se lucieron en tres pares antológicos; saludos desmonterados desde tablas, y la gente encendida.

Y salió el maestro a cabriolear con la muerte. Poco refugio si desconoces el zigzagueo hipnótico de una muleta prendida de la mano izquierda. Pero coincidía la galaxia en su muñeca. Qué puedo añadir a los bravos, a los olés, a los ¡La madre que te parió! Fue una faena de desmayos, boca a boca con el disparo. De veras, no he conocido mayor lentitud ante un cuchillo, mejor desprecio ante un ¡aquí te mato! y seguir caminando, como quien se acerca a la panadería en una relajada mañana de domingo, como el pastor que calla una aparición mariana bajo una encina por puro onanismo (aunque aúlle el planeta y se mosquee el publicista del parnaso).

Dos orejas tras una corta petición y vuelta al ruedo. Fue ahí donde sospeché del calor de su ojo de cristal al reconocerme, pero éso es otra historia. Colaboró un tal Ingresado, negro de 548 kilos del hierro de Vegahermosa (Jandillas de diferente propietario).

Los toros fueron largos y codiciosos al caballo, dieron peligro en la suerte del palitroque (…), respetaron los carteles de propaganda, recogieron los vasos vacíos de los cubatas y en algún caso solicitaron (…) las palmas del público para que se vaciaran los burladeros.

Pase de pecho. Dibujo: J.Díaz Iraeta

Meditador: Yo me pego con mi padre

Salió Urdiales dispuesto a corregir, en su segundo, rumores y suspiros sin abrazo. Aguardaba Meditador (también Vegahermosa) de 535 kilos y negro como la nuca de un senegalés. Otro imposible. Le tocó el peor lote de los tres. Si su primero tiraba de navaja, el cuarto se había untado cianuro en las puntas. Desde el primer muletazo, dejó bien claro que su mirada de furcia de escaparate era lo más maternal a lo que podía acogerse nuestra educación de seminarista. Malo, hasta… y lo dejo en boca de Tony Leblanc: Yo me pego con mi padre. Cada paso era un gañapón, cada descanso un indulto; cada parpadeo un ¡Me cago en el alcalde! y el pobre Diego, sí, el de Arnedo (el pueblo de los zapatos y las crecidas del Cidacos) tenía la obligación de domar a tal diablo. En cada tanda se representaba el combate entre la guadaña y la mosca, entre Atila y un tísico señor de La Rioja. Una y otra vez, regresaba arañado por los pitones y, una y otra vez, insistía (me recordaba antiguas tardes en Vistalegre padeciendo las pendencias de Dámaso Gonzalez con toros infumables a los que sacaba las mejores caladas de toda la corrida). Y el Urdiales que seguía obsesivamente batallado, como si quiera rescatar su sortijita de pedida del recto de un dragón. Sonó el típico grito afillao: ¡Ni un solo pase! y la plaza vibró hasta alcanzar el 3´5 en la escala de Richter. Pinchazo y estocada. Aplausos al pundonor y pitos en el arrastre.

De un lado, el trapío y del otro, Cayetano

Cayetano había aprovechado cualquier posibilidad de lucimiento tanto en su faena (mientras el toro aún embestía), como en quites vistosos con el morlaco de Ureña. Estaba en Bilbao, salía en la tele y necesitaba prolongar la saga de los Rivera-Ordóñez. Fotógrafo se llamaba su segundo: negro mulato, listón, meano de 541 kilos. He de decirte que, si bien hubo abismales diferencias en juego y carácter, todos los toros, como no podía ser menos en una plaza tan torista como la de Bilbao, ofrecieron trapío y envergadura, testuz orgullosa y arboladura de espanto; fueron largos y codiciosos al caballo, dieron peligro en la suerte del palitroque haciendo incluso hilo con algunos banderilleros, respetaron los carteles de propaganda, recogieron los vasos vacíos de los cubatas y en algún caso solicitaron (como exigen los saltadores de longitud en las olimpiadas) las palmas del público para que se vaciaran los burladeros.

Cayetano recibe de rodillas con una larga cambiada. El pitón izquierdo le tatúa en la sien un “luego te espero”. Continua con chicuelinas y verónicas, repito que me sorprendió su capote escuela rondeña: elegante, arrimado y vertical…tuvo ocasión de retarse a quites con el triunfador de la tarde, y salió airoso y deseado. Tampoco tuvo suerte con su lote: el toro se paró. ¡Lastima!, había brindado al público. Estocada algo desprendida. División de opiniones con predominio de las palmas.

Trinchera. Dibujo: J.Díaz Iraeta

(…) las madres arrojan a sus hijos al ruedo – los defectuosos -, los dulzaineros cascan sus dulzainas contra la grada, el percusionista perfora con la cabeza el bombo, los testigos de Jehová vuelven a retrasar la fecha del fin del mundo (…)

Un caracol lamiendo la navaja

(…) y entonces brotaron en armónica trinidad Nijinsky, Gades y Vicente Escudero.

Gruñidor sesteaba en los chiqueros soportando sus 540 kilos de músculo y hueso protegido por un chándal negro mulato listón. Este no mugía, hacía flexiones. Primer tercio correcto; noble y levantando al caballo en varas, fiel en banderillas con cierto riesgo que permite saludar y desmonterarse a los de plata. Ureña brinda el toro a Urdiales: se abrazan tras un largo palique (posiblemente homenajea el valor del riojano). Y comienza el orgasmo, con la derecha, lento ¡qué digo lento!: un caracol lamiendo una navaja; alargando el brazo hasta perder casi la muleta de vista; regresa el TORO para rozarse con el TORERO, para cederse mutuamente la piel, para traspasarse el uno al otro en un alarde de cortinas de seda y columnas de templo micénico – de los que sólo aparecen cuando la muerte se embriaga y deserta -. Suena la banda, el pasodoble coincide con todas las distancias.   Ahora con la izquierda; se repiten las eternidades de lo efímero, el temblor de los lacrimales. Otra tanda de naturales: el toro se enhebra en el torero, los dos se embisten con los ojos cerrados acariciando el desmayo, incendiando la quietud de sus mármoles.

Y en los tendidos, hasta los gabachos pronuncian las errrrrrrres a ritmo de pasodoble, las madres arrojan a sus hijos al ruedo (los defectuosos), los dulzaineros cascan sus dulzainas contra la grada, el percusionista perfora con la cabeza el bombo, los testigos de Jehová vuelven a retrasar la fecha del fin del mundo (asiente con las antenas el embajador marciano), las marquesas explotan sus collares de perlas cultivadas al inflar sus papadas de pelícano repitiendo con agudos de histeria diez, veinte, treinta, cuarenta ¡olés! seguidos; y yo, tres metros por encima de mi humilde asiento, flotaba como quien ha presenciado la coreografía de la buena muerte, la solera del minuto mágico, el beso de la culpabilidad absuelta por haber atrapado con mi llanto un fleco de la eternidad.

¡Perdón! Ya me recupero. Estocada fulminante y aplausos en el arrastre. Dos orejas y puerta grande. Paco Ureña salió a hombros dejando en el ruedo una estela de chavalería jugando a ser torero.

*Las fotos de portada y pie de página son del archivo de A Desmano y corresponden a una corrida de abono de la Feria de san Isidro de 2014.
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