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Cafetería Restaurante Venecia

El mástil de la guitarra

    Yo estuve allí. Si quieren se lo cuento, aunque no haya mucho que contar. Era una fría noche de invierno. A propósito llegué tarde, porque no me interesaba tanto probar la carta como poner a prueba las intenciones de Alina fuera de nuestro habitual espacio de roneo. Mala espina me dio que guardara barra todo el rato. ¿Por qué le había de importar que estuviera el ganadero presente? Los dos únicos comensales que acogía el establecimiento apuraron su cena, rechazaron el postre y se fueron. Aún entró otra pareja. Preguntaron por costillas, pero les respondieron por cordero. 

Adiós.

Buenas noches.

    Entonces, apareció un cliente del Venecia. Ya éramos cuatro, sin contar a la cocinera, que asomó la cabeza desde lo alto de una escalerilla para saludar. ¡Vicente, ahorra bajo! ¿Hemos terminado, verdad? – preguntó al ganadero. Su acento sonaba al doblaje cinematográfico de una agente de la KGB.  Sí, Nicoleta, puedes irte. Vicente bien podría estar jubilado. Nada en su aspecto invitaba a pensar lo contrario. Y de Nicoleta, qué decir sin causar ofensa. Todo el mundo sabe que las mujeres dejan de cumplir años cuando ellas quieren, mientras sigan prendiendo la mecha. Imagino que se lavaría las manos en la pila antes de bajar. ¿Qué te pido? – soltó Vicente. ¡Una ginebrra con tónica!

    Nicoleta y Vicente se fueron a hacer el nido a la parte más oscura de la cueva. Media hora después, salieron con rumbo desconocido. Apuré la copa y les seguí. En aquel antro nunca tendría mi paradero.

Ella me regalaba yogures de muestra y, a cambio, yo le dejaba en la barra rositas de pitiminí anudadas con la hebra de un dobladillo.

    Ella quería volar, un trabajo dichoso, un tren de vida con varios vagones, tiempo libre… Exactamente lo mismo que yo, sólo que en otro plan. A mí me lastraba un furgón de 3500 kilos M.M.A. con reserva de dominio hasta el vencimiento de la deuda. Seamos sinceros: No era mi tipo, ni yo el suyo, a pesar de que le recordara a un gran amor de juventud. Me faltaban unos cuantos centímetros de altura y me sobraban años. Y ella a mí qué otra cosa podía darme que un enganche clandestino a esa magnífica central atómica con bóveda de melocotón que era su culo.

    Estoy agradecido, bebí por los ojos hasta sorber de la copa de culo con canuto de barquillo que me servía a diario junto al café. No he hablado del canuto de barquillo y sería injusto dejarlo sin mención a estas alturas de la partitura que estoy tocando a la guitarra, cuando una guitarra sin mástil sería como una oreja sin cabeza y una bandera, la colcha de un ataúd. El resultado de la adivinanza es la espalda, no les quiero entretener. La espalda de Alina empezó a ser hermosa el día que perdió las alas, ya he olvidado en qué edad geológica fue, pero desde entonces. Le hubiera hecho un molde todo en derredor, de atrás hacia adelante, sólo al tacto, y me habría metido dentro como en una funda de guitarra. Cuántas veces habré clamado contra los museos: ¿Para qué coño montan exposiciones de esculturas sino se pueden tocar?

    Al cabo de dos años de estos y otros recreos mareando la perdiz, nuestro idilio alrededor del culo languideció. Caímos en declive. Esto de la caza sin muerte no pasa de ser una metadona de los escopeteros. Entretiene, pero a la larga uno pierde la motivación y termina en aberraciones ecologistas, se hace amigo de los animales que escaparon al tiro o apadrina una asociación de peces damnificados por la pesca sin muerte. A Josef Beuys le pasó algo parecido, que se deduce de la escenificación o performance en la que pretendía explicar los cuadros de una exposición a una liebre muerta[1].

    A nadie extrañe, pues, que Alina y yo termináramos a partir un piñón. Hablábamos de nuestras vidas. Ella me regalaba yogures de muestra y, a cambio, yo le dejaba en la barra rositas de pitiminí anudadas con la hebra de un dobladillo. Estas cosas. Renuncié a hacerle preguntas sobre lo que ya se me antojaba evidente. Si le veía ir o venir entre la cafetería y la zona comercial de los Cotos, la de postín,  un terreno que ella antes nunca había pisado, miraba para otra parte. Alina, finalmente, había hecho la elección de su destino. Preparaba el grand jeté a Fuengirola de la mano de un audiometrista. Para entonces, yo ya andaba rondando a una librera de Guadalix de la Sierra que rompía las costuras de la ropa. Todavía hoy, si nos cruzamos en la calle, a pesar de los años transcurridos y de que ni reparto, ni transito por aquellos pagos, el ex de Alina me dirige la mirada esquiva del cornúpeta. Cría fama y échate a dormir.


1 Josef Beuys, 1921-1986. “Cómo explicar obras de arte a una liebre muerta”. Performance. Galería Alfred Schmela de Düsseldorf, 1965.


Cafetería Restaurante Venecia por Texto y fotos: Jesús Mª Ventosa Pérez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Basada en una obra en adesmano.media.

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