Saltar al contenido

Cafetería Restaurante Venecia

La mala fama de la sonrisa

    Alina daba poca conversación, era borde de por sí, y si a alguno descorchaba, estad seguros que lo hacía con ánimo de invertir en el mercado de futuros. Su culo tenía un precio. Los machos más o menos dispuestos a entrar en la puja comenzaron a tomar posiciones. Entre ellos, la polla bonita. Quien no puede sacar pecho, saca ojos. Un repartidor de Seur que paraba a tomar café de lunes a viernes sin falta, no le perdía ripio al trasero. Oiga, como si sacara entrada. Primera fila. Alina aprendió a sentirlo aquerenciado siempre que se volvía de espaldas. Aquel tipo le estudiaba. Escribía letra a letra en un pequeño teléfono móvil todo el rato. Sólo levantaba la vista para mirarle, del culo a la cara, como si tratara de encontrarles algún tipo de correspondencia. Pocas mujeres no ceden a la intriga que les causa tener cerca de sí a un retratista.

    Antes de que Alina sonriera espontáneamente tuvo que salir el sol una docena de veces por Venturada, lo cual es imposible habida cuenta de que esta localidad madrileña se encuentra al norte de la provincia. Tuve que soltarle esta tontería para apreciar su impecable dentadura por primera vez y para proporcionarle un ejemplo de que no es necesario esperar a tener un buen motivo para reírse.  A partir de aquel momento, conmigo fue mucho más condescendiente. Ella formaba parte del primer aluvión de rumanas mosqueadas que emigraron a España con diploma de no haber trabajado nunca en hostelería. Gracias a eso, encontraron rápidamente empleo de camareras, un trabajo que en su tierra reportaba cierta mala fama a las simpáticas. Las sonrisas detrás de una barra las pinta el diablo, en Ploieşti el conde Drácula. Juntaron poco dinero y ganaron unas credenciales que no les llevaron muy lejos en el sector, pero su reputación de siesos llegó a ser proverbial entre quienes les conocieron.  Lamentablemente, esta fama no precedió a las retornadas. Sus compatriotas seguían haciéndose eco de sus propios malos pensamientos.

     Las que prefirieron quedarse, con el paso de los años dulcificaron mucho el semblante, no como para igualar la sazón de la fruta que madura soleada,  pero al menos sí como para embotar en almíbar que, a fin de cuentas, dura más y te permite disfrutar de unos buenos melocotones en navidades.  La siguiente primera vez sucedió el día que Alina salió de la barra para servir unos platos y pude contemplarla de cuerpo entero. Ahí le perdí el rencor. Me había defendido de sus asperezas cartografiándole sin piedad las imperfecciones del cutis. Probablemente, no le despuntara tanto la altivez de la barbilla si tuviera el debido contrapeso de unos pechos rotundos. Y la blanca faz, que no iba con el país, ni con el siglo. Ahora, metida en el pantalón negro del uniforme, la otra cara del cuerpo, la sucursal, se me mostró esplendorosa. ¿Se me había subido el café a la cabeza o realmente tenía un culo gran angular? Mi espacio vital se expandió. 

Supongo que si los maniquíes tuvieran corazón abrazarían amoríos de escaparate. Los más dichosos, le darían la propina al cristalero o las gracias a la dueña por favorecer la causa del hiperrealismo sentimental.

Las vueltas que da un culo

    Empecé a darle vueltas. Una de las singularidades del culo de Alina era el hecho de que la maternidad lo había perfeccionado. Yo lo miraba de hito en hito, donde hito era la ocasión propicia, que normalmente coincidía con una de mis suspensiones reflexivas sobre si escribir «por» o «para» en una frase. Vosotros, que en estos momentos sois jóvenes de hoy para mañana, nunca llegareis a comprender cómo se sentía la escritura tecleando una Olivetti, o cómo era oreja en bafle aquella música de pulso y púa que Jimmy Hendrix extirpaba a su Stratocaster; del significado de coger dobladillos en una Singer de pedal, ni hablamos. A mí, me recordaréis por haber sido el primer castellano parlante que escribió media novela en un teléfono Sonny Ericsson w880i. Y a una mano, con el antiguo ademán. Gloria de la telefonía del año 2009, granate, ultra plano, bailaba dentro del bolsillo de una camisa.

    El Ericsson fue mi aliado en la conquista de un trato de favor en el Venecia. Alina no paró hasta que tuvo por cierto qué escribía y sobre qué. Y volvió a no parar hasta que tuve a bien dedicarle unas líneas lisonjeras. De ahí en adelante, mirarle el culo, además de un placer, se convirtió en un derecho adquirido. A mí me gustaba mirarlo y, cómo no, en la cara de su dueña buscaba el referente. A ella también le gustaba. Supongo que si los maniquíes tuvieran corazón abrazarían amoríos de escaparate. Los más dichosos, le darían la propina al cristalero o las gracias a la dueña por favorecer la causa del hiperrealismo sentimental. Yo, en cambio, no me conformaría con tan poco, pagaría a un gamberro para que rompiera la luna y nos dejara a la maniquí y a mí en cueros dentro. Sería de madrugada para no perjudicar al negocio. Sueño dentro de otros sueños. Mis fantasías son de segundo nivel. Soy de los que atraviesan la pantalla de proyección para follarse a una espectadora.

    Transcurrido un año desde su salida a concurso, Alina cerró la selección de candidatos. Su marido se había quedado fuera, a la intemperie. Di que trabajaba de jardinero. No penséis que hubo ruptura anunciada, publicada o propalada. Yo me enteré después que él, aunque él nunca haya dejado de pensar lo contrario.

    Las pruebas de eliminación comenzaron por un macedonio que la dejó plantada en un rastrojo, más o menos literal. La tonta fue y se lo dio creyendo que el otro daría aire a su esposa. Y fue al revés. El macedonio cogió aire de la fruta prohibida para volver a sumergirse en el matrimonio indisoluble. Aire o gases.

    Siguió con un joven ganadero de San Agustín de Guadalix.  EL tipo mantenía un rebaño de ciento cincuenta ovejas y a un pastor venido de las montañas de Transilvania. Esta coincidencia les guiñaría un ojo. Dominaba lo ovino, habas contadas, según él, pero en cuestión de cuentas no había estado solo. A su ex mujer no se le había escapado ni una sola cabeza, incluso de las preñadas llevaba nota cuando le planteó al juez una pensión de alimentos y de emolumentos. Tenían una hija. Alguna vez hablé con él, Alina nos presentó. Desconocía el significado exacto de la expresión “mala pécora” y me temo que en cuestiones de hostelería tampoco andaba sobrado. Reabrieron una cueva restaurante en El Molar con tanto sigilo, que si no me invitan, no me entero. El día que cerraron, cinco meses más tarde, tampoco se enteró nadie. (sigue)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: