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Olafur Eliasson en el Guggenheim

Son cientos los símiles y ejemplos recurrentes para bautizar, por parte de los boquiabiertos, la arquitectura de Frank Gehry. A mí siempre me ha recordado al armario donde mi madre guardaba las cazuelas y pucheros. Tal vez por eso, cuando penetro en sus asimétricas estancias me siento íntimamente a gusto. Echo de menos el chup-chup de las ollas, pues, incluso el fuego y el vapor, han sido añadidos en los exteriores a modo de neblina cargada de esoterismo y desafío heavy metal. ¿La fauna?, predominantemente, cuartetos de enfermeras o maestras hablando en francés y parejas (superados los cincuenta) carraspeando en alemán. Sin glamur, los atuendos iban desde lo casual hasta lo urgente y, como bien supondrás, los septentrionales disfrazados de lunes te hacen perder hasta el morbo de azotarlos con una rama de abedul o con un arenque ahumado.

Sin glamur, los atuendos iban desde lo casual hasta lo urgente y, como bien supondrás, los septentrionales disfrazados de lunes te hacen perder hasta el morbo de azotarlos con una rama de abedul o con un arenque ahumado.

Fotos del deshielo en Islandia y el péndulo ventilador.

Salvar el planeta

   La muestra de Olafur Eliasson ocupaba toda la segunda planta. Cinco grandes salas, un pasillo comunicante y un rellano con la salida a una terraza. Tras salir del ascensor, una pieza ocupaba toda la sala angular. Un friso de fotografías emparejadas de dos en dos mostrando y denunciando, con variaciones temporales la merma de hielo que afecta a los glaciares. Lenguas de hielo convertidas en úvulas por obstinación del cambio climático. Frente a la cenefa de fotografías, por cierto, bastante mediocres y neutras (tal vez era esta intención del artista), había un largo archipiélago de butacas, un elemento perteneciente a la obra y que el autor en su manual de construcción nos informaba de que el tapizado se había resuelto con tela de nube – sin duda, un recordatorio de nuestra indiferencia y coro de ronquidos ante el mayor desafío del planeta– y, sobrevolando ambos grupos un ventilador colgado por un cable del techo que oscilaba debido al impulso de su motor encendido y que “pendulaba” a modo de recordatorio temporal y espada de Damocles (el inefable reloj) entre ambos mundos: el mundo de las víctimas y el mundo de los culpables.  

El mensaje resultaba evidente: una reflexión crítica sobre nuestra responsabilidad aún dormida en el deterioro de la Tierra, admitiendo cualquier otra revelación, desde la militante hasta la cagueta. Aquí añado mi propia interpretación: el espectador incólume no es el hombre sino el tiempo y, simbolizarlo con un ventilador-péndulo de movimiento aleatorio es un acierto por parte de Olafur. En contra, la pobreza expresiva. El noruego no es un artista que muestre soltura en tonos, texturas, formas, atmósferas, habilidades, resonancias y todo ese tipo de pericias propias de los artistas plásticos. Anteponer la idea al objeto justifica la concentración del espectador, pero devalúa el impacto escénico. 

Anish Kapoor

Recuerdo, a título de litigio emocional y en esa misma sala, una pieza de Anish Kapoor. En ambas obras se venera la temporalidad, pero en la de Kapoor la escenificación es rotunda. Consistía en un cañón de aire comprimido con un calibre de unos doscientos cincuenta milímetros. Una munición de proyectiles de cera o grasa color carmín y un individuo autómata permanentemente sentado y que a intervalos regulares despertaba de su inmovilidad, cargaba el cañón y lo disparaba contra la nívea pared de enfrente antes de volver a sentarse. El tatuaje de manchones era extraordinario, así como la duna de restos deformes que escalaban la pared (me retrotrae a un cartel alemán crítico con la guerra del 14: el Kaiser quejándose sobre una colina de cadáveres por no poder divisar París aún).

He visto piezas menos afortunadas en infinidad de museos bajo el marchamo de obra de arte.

Vitrina de maquetas.

Protoesculturas

   La siguiente obra, previa a los grandes formatos, era una vitrina iluminada con tonos ámbar en la que había acumulados infinidad de proyectos, bocetos, cachivaches, bártulos, artefactos, trastos…¡Vamos, el cuartucho del sótano donde se recluye el tarado del segundo izquierda! Una auténtica ingeniería de papel y palitos de helado que desembocaba en alocadas figuras poliédricas con tendencia a la esfericidad, mezcla de arriesgada bola de navidad y lámpara cenital diseñada por el Ikea. Las analogías propuestas por estas maquetas (protoesculturas) tienden a representar un sistema planetario (algo recurrente en un soldado defensor del planeta): soles, satélites, asteriscos… Algunos de estos elementos aparecían después resueltos en grandes dimensiones. Me pareció más meticuloso que original. Una revisión al taller del artista reconociendo el número de horas y la dedicación invertida en traducir sus fantasmas, si bien, convengo en que varias eran dignas de atril y foco. He visto piezas menos afortunadas en infinidad de museos bajo el marchamo de obra de arte.

La obra ponía en evidencia la estratificación del individuo, dando la sensación de que afloraban tus distintas personalidades en ese instante y ante tal magia.

El ser humano es complejo

   Contiguo a la gran vitrina y antes de penetrar en las grandes salas hay un recibidor. Aquí, Olafur había instalado otra de sus aclamadas, yo lo calificaría de lúdicas, composiciones. Técnicamente, era un grupo de cajas de luz a ras de suelo emitiendo en diferentes colores: cían, magenta, amarillo…, y proyectando su luz contra la pared de enfrente. Por supuesto, la suma de colores desembocaba, como bien sabe cualquier interesado en la descomposición de la luz, en el color blanco. Sin embargo, al cruzarse una figura y romper esa armonía, la sombra de su cuerpo es proyectada según el número de haces de luz que inciden en sobre él. En resumen, tu cuerpo no emite una sombra única, sino un conjunto desligado de sombras de diferentes colores. La obra ponía en evidencia la estratificación del individuo, dando la sensación de que afloraban tus distintas personalidades en ese instante y ante tal magia. El ser humano es complejo y tiene la posibilidad de elegir – podría haber sido el título, pero no me acerque a leerlo-. Quienes mejor se adaptaban a la obra eran los críos, descubrían estar hechos a trozos y gesticulaban ante sus sombras como simios escapando de sus madres. Otra virtud añadida de la instalación son sus posibilidades para espectáculos de videodanza. En el capítulo de influencias, recibía aportaciones de Dan Flavin, aunque sin su poso místico ni su propuesta privada. Un acierto; algo blando y paranoico, no obstante.

El muro de líquenes

   La siguiente sala ofrecía una de las piezas más elogiadas del pronosticador noruego: El muro de musgo (más bien de liquen, liquen blanco, el alimento de los caribúes). Con una altura de unos seis metros y una largura de quince ( El liquen, un vegetal con clara referencia al suelo, a la humildad, alfombra pisada y humillada en su indefensión por todo lo que se yergue y camina), se alzaba como una ola o frontera infranqueable, un aviso de subversión ante la crueldad de nuestra indolencia. El éxito de la pieza radica en su monumentalidad, pues los componentes son y están combinados de forma plana y anodina. Carece, como todos los muros, de perspectiva. La perspectiva la añades tú al desplazarte. No sé si corresponde a una intención del artista, pero propone un tufillo de individualidad en el espectador, algo parecido a la incertidumbre que de por sí supone descifrar el concepto de la obra. Creo que la gente gozaba de la comparación entre su insignificancia anatómica y el tamaño colosal de lo que tenía enfrente. Los retos de significado y seducción iban a la zaga, la prioridad era saborear la extrañeza y el contraste.

   A pocos metros, en el suelo, descansaba la siguiente creación:  tres canaletas de metacrilato conteniendo un líquido algo más denso que el agua y coloreado de naranja (por lo visto, su color fetiche). Consistía en un artefacto similar a los usados en las pruebas (a escala) para medir la resistencia de los barcos al oleaje. Es decir, provocaba una pequeña onda que alcanzaba el final del canal y regresaba tras rebotar al punto de partida. Un efecto cinético y narcótico para urbanitas desconocedores del placer de lanzar piedras al agua en la infancia. La suavidad del desplazamiento aportaba tranquilidad; sin embargo, la observación continua incluía tortícolis.

No podía desterrar la idea de estar paseando por la sección de lámparas del Conforama.

Tu visión espiral

Holoturias reflectantes

   La siguiente nave recogía las piezas más elaboradas técnicamente de la muestra. Muestra que debe entenderse como una retrospectiva: la contradicción entre materiales y temas sólo puede aglutinarse bajo el encuadre de “evolución”. Esferas y geometrías de acero reflectantes esparcían colores y efectos caleidoscópicos con poco éxito debido a la mala iluminación; galerías (holoturias) o intestinos gruesos por donde pasábamos los visitantes entre reflejos y afiladas aristas; lámparas fingiendo no ser lámparas y proyectando su esqueleto sobre una pared con la pretensión de ganar en personalidad. A decir verdad, las piezas de esta sala me defraudaron. No podía desterrar la idea de estar paseando por la sección de lámparas del Conforama. Reconozco el trabajo, así como el estudio de reflejos, mas noté un bajón de temperatura. Volvió a endurecerse la chocolatina que escondía bajo la papada para chantajear a los celadores.

La claridad de los bálticos

   Entré en la sala siguiente. Perdón, me detuve ante la puerta cegado por la intensidad de la luz. Nuestro artista (como la mayoría de los bálticos) tiene deudas con la radiación solar. Imagino las puestas de sol en el hemisferio norte. También a mí me ha subyugado siempre un sol frío, un crepúsculo interminable, un dorado encendiendo la piel de mi amante, aunque, en un tono más prosaico, he de reconocer la influencia nostálgica del sol español masajeando los cuerpos reumáticos de sus compatriotas. La instalación-lienzo-escultura era la propia luz; una luz envolvente y ligera que ungía silenciosamente nuestras hechuras invitándote, tanto a pasear, como a quedarte quieto. El color, a su vez, adopta el papel de sujeto, un sujeto protagonista y maternal, como una antesala del paraíso. Todo el aparataje consistía en leds equidistantes colgados de un falso techo, o sea: una bruma de claridad. Me recordó uno de los poemas de Claudio Rodríguez en su insuperable “Don de ebriedad”.

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.

La cortina espectral

   Seguí recorriendo salas y propuestas. En esta ocasión, había que apartar un cortinón negro para adentrarse en la siguiente instalación. Lo del cortinón tenía relación con evitar la pérdida de oscuridad, algo imprescindible para captar la pantalla que aparecía frente a ti. La oscuridad era absoluta, hasta el punto de casi necesitar el gateo y, la pantalla, era una transparencia de agua pulverizada similar a la que se usa para refrescar a los maratonianos o a los turistas de la calle Sierpes en agosto. En esta ocasión desaparecía el elemento silencio, común en las otras propuestas, y disfrutabas del fresco sonido de los pulverizadores. El conjunto resultaba agradable, sobre todo el paseo desde la oscuridad hasta mojar las manos en la luz húmeda de la cortina. Además, la contribución uterina de la sala tiraba de ti como si fueses un feto en busca de la falsa salida anatómica. En todo caso, un acierto plástico: sencillo en recursos y complejo en acepciones. He de acompañar mi elogio con una humilde aportación que sin duda lo mejoraría. Si el efecto de refracción sobre las gotitas de agua se hubiese complementado con otros ángulos de luz, la cortina espectral se enriquecería con un vibrante arcoiris, aumentando la atracción hipnótica de la obra y provocando cola de chavalería.

El pasillo estaba empapelado con todo tipo de recortes de revista (…) ocurrencias rescatadas de una Sanjuanada tras una mala noche de lluvia.

La inefable pantalla

   Cuando acostumbré de nuevo los ojos a la claridad, ya me encontraba en el pasillo. El pasillo estaba empapelado con todo tipo de recortes de revista, girones de artículos de periódico, notas a pie de foto, dibujitos, sentencias, anotaciones, monigotes, garabatos…,en fin, ocurrencias rescatadas de una Sanjuanada tras una mala noche de lluvia. Un relleno que devaluaba la majestuosidad de las otras instalaciones, posiblemente la ocurrencia de algún comisario mediocre intentando primar el aspecto doméstico y hogareño de activista.

   El pasillo terminaba en un rellano donde una mesa circular a modo de escaparate de bisutería mostraba proyectos a base de impresora tres D y navaja de pastor esculpiendo una raíz. ¡Ah!, y la inefable pantalla didáctica. Te colgabas los cascos y el profeta te aliviaba el destino mejor que una galleta china de la suerte describiendo sus aportaciones a ONGs y demás milagros sociales.

El géiser de luz

   Me queda la última instalación. A mi juicio, la más acertada, original y creativa de toda la retrospectiva. Entrabas en una pequeña sala totalmente a oscuras, no más de dos o tres personas y un número similar de espectros. La negrura era aterciopelada y cálida, porque, como sabes, hay negruras ásperas o frías o hediondas, o negruras enemistadas con tu sensibilidad y empecinadas en rayarte la espalda; no, aquí te sentías apaciguado, a punto de soltar un escalofrío de placer y ajustarte los testículos. De repente, a menos de un metro de distancia, brotaba de la negrura un géiser de luz líquida que duraba una fracción de segundo y perduraba toda una sorpresa. Cinco segundos después se repetía el hongo de luz. Idéntico y diferente, fugaz e inmortal. Una y otra vez, se reproducía el milagro explosivo de la vida, sin cansancio, sin recelo ni urgencia de posesión por tu parte, simplemente gozar de la revelación, ser testigo del prodigio. Luciérnaga intermitente, faro del fin del mundo, fuego de agua… Me resulta sucio en estos momentos describirte la tramoya, pero creo que es mi obligación documentar lo mejor posible el taller, la trastienda del mago.

Recuerdos a Bill Viola

El invento consistía en una lámpara estroboscópica. Se usa en afinado de motores y en fotografía de alta velocidad. Esta estaba situada en lo alto y en sincronía con un chorro de agua sobre una patena cóncava, en cuya parte central un mecanismo de presión lanzaba un géiser a una altura de unos treinta o cuarenta centímetros, con la singularidad de que se expandía y contraía sin salpicar. Al estar en un plano perpendicular y perfectamente sincronizados, a cada latido (destello) de luz le correspondía una erupción de agua que absorbía dicha luz. La operación se repetía cada cinco segundos con una duración de medio segundo y un efecto narcótico insuperable. Es evidente su reivindicación ecológica.

   Si tiro de impactología visual, tengo una experiencia parecida en la tú estás incluido. Me refiero a la exposición de Bill Viola (también en el Guggenheim) y la pieza en concreto era aquella en la que un cuerpo tumbado sobre un catafalco o altar, recibía una catarata de agua (debiera haber dicho emitía, pues el vídeo iba hacia atrás) con el consiguiente estruendo sonoro. Diez minutos de navegación hacia las alturas. 


Olafur Eliasson en el Guggenheim por Juan Antonio Díaz Iraeta se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.
Basada en una obra en adesmano.media.

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